Yo Mañana

Yo Mañana.

Como casi todos los días Alberto llegó temprano a trabajar. Le gustaba aprovechar las horas y comenzar el día a las siete y media de la mañana. Daba mucho juego tener días tan largos, así las horas acumuladas le permitían el viernes dejar la oficina a la hora de comer. Pero hace más de tres años que no regresaba a casa a esa hora, cosa que su novia todavía le echaba en cara. Aparte de eso, en julio, a las afueras de Sevilla el calor era insoportable pero a la hora que él llegaba no solo era llevadero, sino bastante agradable. Diez años atrás, recién ganada la beca europea para desarrollar el proyecto, solía llegar a la misma hora que todo el mundo, cuando el sol ya pegaba con fuerza. A pesar de que su plaza de parking estaba bajo la sombra de un gran árbol, siempre se demoraba en sacar las partes de la silla de ruedas y montarla al lado del coche para así poder subir en ella. Eran pocos minutos pero cuando llegaba al edificio estaba ya empapado de sudor y al entrar, el aire acondicionado terriblemente frío le había procurado más de un catarro. Decían que era un edificio inteligente, pero estaba claro que no estaba pensado para personas que tienen que montar sillas de ruedas cada vez que se bajan del coche bajo el sol sevillano.

En la placa de la entrada se leía “European Union’s Advanced Technological Projects” y alguien había escrito en rotulador justo debajo “Proyectos tecnológicos avanzados – Sevilla, España”. Hacía meses, después de un staff meeting, se había decidido pedir al guardia de seguridad que lo borrara, pero este le había respondido que eso era Sevilla y allí se hablaba en español. Que lo quiten los de limpieza les dijo, pero el contrato solo cubría la parte interior del edificio. Fue este mismo guardia de seguridad quien le dio la idea de llegar temprano. “Yo empiezo a las siete de la mañana a trabajar y a esa hora la temperatura es una maravilla” le dijo un día. Desde entonces cuando empezaba el calor, siempre llegaba a las siete y media. Esto fue hasta que el proyecto empezó a dar frutos y desde entonces entraba temprano todos los días del año, ya que esa hora y media de tranquilidad antes que llegara el resto de la plantilla, daba mucho de sí.

En el laboratorio en general todo siempre funcionaba bien. Aunque en algunos días de mucho calor el aire acondicionado no se encendía a media mañana cuando el sol entraba por la ventana y la temperatura subía muchísimo, a pesar de que la ventana se oscureciera automáticamente para compensar. Alberto estaba seguro que el problema era el ordenador del dichoso edificio inteligente que se metía por medio dando fallos de parámetros de rangos en su programación. Menos mal que el aire acondicionado era un viejo sistema de aerotermia que al dar al botón de reset su propio sistema operativo tomaba el control y se ponía a funcionar sin problemas, pero tenía que esperar a que su compañero Fernando entrara a trabajar para dar el botón de “Reset” del aire ya que alguien sin mucha visión lo había puesto justo en un sitio donde una persona en silla de ruedas no podía llegar. A Fernando le gustaba salir de noche y dormir mucho, así que entraba a trabajar después de las diez de la mañana. La verdad era que se compensaban muy bien ya que dejaba de trabajar casi a las nueve de la noche y Alberto se sentía tranquilo que alguien competente se quedara más tiempo cuando él se iba a casa.

Ese día los dos estaban nerviosos. Inclusive Fernando había llegado a las ocho y media a trabajar. Hacía un mes que las simulaciones daban todo bien y hace solo dos días habían pasado todos los parámetros a la inteligencia artificial, conocida por IA, que desde entonces estaba compilando el código. Alberto después de mirar la pantalla por enésima vez con el 99% que no cambiaba decidió mirar los servidores por si veía algo raro. Hacía años que había pedido que el aire acondicionado de la sala de hardware fuera independiente al edificio. Con esas máquinas no se jugaba y el aire acondicionado era de una marca específica que era de la que él se fiaba. No estaba seguro cómo lo habían logrado, pero en toda la sala de servidores la temperatura era exactamente de 19 grados Celsius. Esos japoneses eran fantásticos. Debería haberles pedido que programaran la inteligencia artificial del edificio. Se puso un chándal con un texto con una A mayúscula a la potencia de seis que era el logo de su familia. Dio una vuelta por la sala, que sí estaba adaptada para silla de ruedas, y pudo revisar en detalle el estado de las máquinas principales. Estaba volviendo cuando Fernando abrió la puerta y gritó “¡Cien por cien!”. Alberto cogió impulso y rodó a toda velocidad hacia el laboratorio.

 

Diez años antes había presentado un proyecto que estaba seguro sería rechazado. Después de leer un artículo de un profesor de una universidad francesa que usando la última generación de escáneres cerebrales había descubierto que mientras dormían, parte de las conexiones sinápticas de algunas personas eran exactamente iguales que las que tenían despiertas unos días más tarde. Al preguntarles qué habían sentido, todas dijeron que una especie de Déjà vu. “Un fallo en la matriz” le dijo a su compañero de piso cuando le comentó el artículo, pero este era demasiado joven como para conocer los clásicos del cine. El artículo le recordó a historias que contaban en la familia de su padre, de sueños que tenían y que después se hacían realidad. Todo se hubiera quedado en eso si no hubiera sido por una conversación con Fernando, su amigo de la universidad. Este le contó algo que no había salido en ningún artículo público ya que nadie tenía una respuesta para algo que no parecía tener razón científica. En el CERN después de semanas de tratar de capturar y retener la partícula de dios, también conocida como Bosón de Higgs con el último supercolisionador y no lograr nada, decidieron volver a las simulaciones, pero un día después a pesar de que el acelerador estaba apagado, el sensor de partículas subatómicas había detectado algo. Lo raro es que solo era en el sensor de backup que estaba algo alejado de los principales. Un pequeño equipo se dedicó a investigarlo, pero oficialmente no habían descubierto nada. Pero extraoficialmente, y esto lo sabía Fernando solo porque el ex de su hermana trabajaba en el CERN, el sensor de backup únicamente detectaba estas partículas subatómicas muy sutiles cuando era el turno de una de las becarias de laboratorio y esto solo lo supieron cuando le pidieron a la IA que hiciera cruce con todos los datos a los que tuviera acceso. Resulta que era lo único en común. Cuando esa joven en particular le tocaba trabajar durante el turno de noche, el sensor detectaba las partículas. Después de mucha burocracia se les permitió poner una cámara de seguridad en el laboratorio. La gran sorpresa fue que las partículas subatómicas detectadas por el sensor solo aparecían cuando la chica, que también tenía un trabajo de día, se dormía. El equipo decidió que era un fallo en el sistema ya que eso no tenía ningún sentido. Pero cuando Alberto contó su lado de la historia a Fernando los dos decidieron que las coincidencias no existían y que esas partículas subatómicas seguramente era como el cerebro se comunicaba consigo mismo en diferentes momentos en el tiempo. También conocidos como sueños del futuro o también déjà vu.

 

A pesar de que pudieron conseguir los datos oficiales del CERN y de la universidad francesa, los dos tenían pocas esperanzas de que el proyecto fuera aceptado, pero estaba claro que había personas que tienen visión porque el proyecto sí lo fue. Al principio trabajaron en uno de los edificios de la isla de la Cartuja, pero cuando las simulaciones empezaron a dar resultados positivos, les vino a ver un cargo importante de Advanced Technological Projects y cuando horas más tarde volvió a Bruselas, ellos tenían fondos para años de trabajo y órdenes de salir del parque tecnológico y encontrar algo alejado.

De vuelta en el laboratorio y casi diez horas más tarde, el 100% desapareció de la pantalla y apareció el icono de la mano con el pulgar hacia arriba, que Fernando harto de porcentajes mentirosos, que era como llamaba él a la información dada por la IA, puso para saber cuando realmente había acabado el proceso. Alberto estaba solo ya que Fernando, muerto de sueño, se había ido al sofá de la cafetería a dormir. Así que mirando a su teléfono dijo:

“E-Sheep. Llama a Fernando por favor”.

“Sí Alberto. Ahora mismo.” respondió su teléfono con una voz demasiado sexy para el gusto de su novia.

“Lo siento. No contesta” Le dijo después de un minuto.

“Vale. Estará dormido. Trata de despertarle cada diez minutos y dile que debe venir a toda leche. Que voy a probar el interfaz neuronal. Seguro que eso le despierta.”.

Con el programa de control en pantalla, Alberto pulsó sobre el icono de control por voz.

“Miarma. ¿Que puedo hacer por ti?” Le dijo una voz femenina con acento de Sevilla. Alberto cerró los ojos y suspiró lentamente. Había veces que el humor de Fernando le superaba. Buscó el menú avanzado y seleccionó el interfaz de voz por defecto. Al volver a la pantalla anterior la IA solo dijo:

“Preparado” con una voz masculina y fría.

“Prueba real de conexión temporal sináptica”. Dijo Alberto en voz alta.

“Por favor, conecte la interfaz.” le contestó la voz robotizada.

Alberto cogió las gafas de realidad virtual, específicamente adaptadas para el proyecto, que eran mucho más ligeras que las primeras que usó su hermano de joven. Incluían una malla que eran los conectores sinápticos y una resolución tan alta, que el ojo humano no notaba diferencia alguna con la realidad. Observó las gafas por unos segundos y se las puso.

Podía ver exactamente lo mismo que antes, pero eso era porque el interfaz de realidad virtual usaba una copia exacta del laboratorio. Así era más fácil moverse sin chocar con nada. Pero a diferencia del mundo real, tenía un menú con opciones flotando frente a sus ojos.

“Activar viaje al futuro” dijo en voz alta.

“¿Qué fecha?” Le respondió la voz de la IA.

“Diez años a partir de hoy”. Le contestó Alberto.

El laboratorio desapareció y Alberto sintió un pequeño mareo. Se dio cuenta que tenía los ojos cerrados y los abrió. Todo seguía igual…

Pero no. En la pantalla del ordenador había unos gráficos que no conocía y en vez de unas manos virtuales en el aire podía ver las suyas unidas a sus brazos. Trató de moverlas pero no pudo, estaban escribiendo algo en el teclado. De pronto oyó una voz que le hizo saltar en la silla. Era su voz que dijo. “Shorai. Baja la temperatura por favor.” y se oyó como el aire acondicionado se encendía y fluía el aire. Pasaban los minutos pero el otro Alberto no hacía nada, solo miraba a la pantalla. De pronto dijo:

“¡Ostras! ¡Un fallo en la matriz! Y recuerdo de qué es… Hola Alberto. No trates de controlar mis movimientos. Mi cerebro sigue siendo el que controla mi cuerpo. Tú sólo puedes oír y ver. Estamos trabajando en el olfato. Todavía nos queda el tacto y el gusto. Eso sí, sabemos que es imposible llegar más allá.”.

Alberto, que no salía del asombro, acabó sospechando que aquello bien podría ser una broma de Fernando con una simulación virtual muy buena, le dijo:

“¿De qué material es mi silla? ¿Aluminio reforzado o carbono?”

“No es ninguna simulación” Le contestó el otro Alberto “Y que sepas que no te puedo oír, pero es de carbono.”

“¿Y cómo sabes que te estoy hablando entonces?”

“He visto la grabación miles de veces. Se lo que hice ya de memoria y que sepas que Fernando se ha despertado y está a punto de llegar.” Le contestó el Alberto del futuro.

Alberto oyó unos pasos pero aunque en el mundo real su cabeza se giró, su visión no cambió. Seguía viendo lo que veía el otro Alberto, cosa que le causó una sensación de mareo.

“¡Ostras!” Gritó Fernando justo a su lado dándole un susto de muerte. “¡Funciona!” dijo mientras miraba la pantalla que mostraba lo que Alberto podía ver.

“¡Jajajaja! Recuerdo el susto que me dio.” Dijo el otro Alberto. “Mira esto”. Se levantó y caminó hacia el otro lado del laboratorio donde estaba el PC para vídeo conferencias y lo encendió. Su propia imagen apareció en pantalla. Se miró a sí mismo y les dijo:

“¡Hola Alberto! ¡Hola Fernando!”

“Tiene menos pelo.” Alberto le dijo a Fernando.

“¡Pero qué dices tío!” le contestó éste “No ves que…”.

“¡Jajaja! Si que tengo menos pelo. Eso se lo tienes que agradecer a nuestro padre.” Le dijo el otro Alberto con una gran sonrisa.

Alberto sintió como Fernando le agarraba el brazo y le decía. “¡Tío! ¡No ves que ha cruzado la habitación caminando!”. En el futuro, en la pantalla el otro Alberto asintió mientras le sonreía.

“Mira esto.” Le dijo mientras se miraba las piernas. Alberto al principio sólo vio unos vaqueros ajustados, pero se dio cuenta que tenían unas líneas verticales.

“Eso es.” Dijo el otro Alberto. “Esas líneas es lo que se ve del exoesqueleto. La batería es algo más grande que un móvil de tu época. Está conectado a mis piernas y a la espina dorsal y reacciona igual de rápido que unas piernas reales. Inclusive a veces salgo a correr por el parque solo porque puedo.”

Alberto sintió como las gafas de realidad virtual se humedecieron con sus lágrimas mientras el otro Alberto volvió a mirar la cámara con una sonrisa. Solo ellos dos sabían lo que eso realmente significa para alguien en silla de ruedas.

“Espero que vuelva a funcionar cuando hagamos las pruebas oficiales.” Le dijo Fernando. “La próxima vez me toca a mi.”

“Funcionará. Pero tener cuidado. No siempre el futuro trae buenas noticias. Y ahora debéis desconectaros que si no los servidores se van a recalentar y de todas maneras la resonancia sináptica no dura más de diez minutos. ¡Adiós!”.

Alberto observó a su futuro yo por unos segundos y dijo “Desconectar”. Alberto del futuro desapareció y el interfaz de la realidad virtual volvió a aparecer con su copia del laboratorio.

“Fin de prueba real de conexión temporal sináptica.” Dijo Alberto pero con voz emocionada.

“De mayor también voy a sonar como mi padre.” Le dijo a Fernando mientras se quitaba las gafas, se secó las lágrimas y miró hacia arriba a su amigo que también tenía los ojos llorosos. Sujetándose en el bordillo de la mesa para no caerse se levantó lentamente y con dificultad, controlando posibles espasmos y una vez erguido los dos amigos se abrazaron.

Agradezco las primeras lecturas a Loreto Alonso-Alegre y la edición y revisión del texto de Dolores Póliz.

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Alejandro.


Comentarios
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3 Comentarios

  1. Alicia Bustamante

    Hola Alejandro.
    Gracias por ofrecer está historia tan original.

    Un futuro sorprendente.

    Me encanta el diseño de la hucha

    Un besuco

    Responder
  2. Alicia Bustamante

    Hoy no me es posible invitarte»al café».

    Responder
    • Alejandro

      Los comentarios y opiniones me gustan tanto como un café.
      ¡Gracias!

      Responder

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