Y las montañas bailaban

Este relato es del tipo Fan-fiction y está basado en el universo creado por Inelia Benz en el libro «The Return«. Inelia no solo ha sido una inspiración para mi, si no que me ayudó a dar el paso en la escritura al regalarme el cursillo «Master Class» de Neil Gaiman, que es uno de mis autores favoritos.

Como siempre agradecer los comentarios de Loreto Alonso-Alegre de la primera versión y las imprescindibles ediciones y comentarios de Dolores Póliz.

Dedicado a mi hermana Inelia.

Y LAS MONTAÑAS BAILABAN

VIAJE EN EL COCHE AL REVÉS

El viaje había sido bastante aburrido hasta que llegaron a las faldas de las montañas. Se veían enormes. Roberto sabía que eran así de grandes por ser jóvenes, pero que no sólo estas, sino que toda la Cordillera de los Andes lo era. En una de esas extrañas “casualidades”, su tío Arturo que mientras conducía las miraba de reojo, dijo lo mismo.

—Los terremotos son prueba de ello. La tierra todavía se está asentando y todo tiembla cuando las placas tectónicas—…, Arturo paró de hablar, mientras les observaba por el retrovisor del coche, recordando que Roberto y Cecilia eran “especiales”. Según algunas personas de la familia tenían problemas mentales e inclusive uno de los abuelos les llamaba retardados ya que a los tres años la niña no hablaba y pocos se enteraban de lo que decía Roberto. Cecilia que miraba el paisaje por la ventana se giró y por unos segundos, le observó y le sonrió ya que su tío continuó con la explicación como cuando hablaba con niños normales. —Pues las placas tectónicas chocan y crean tanta fricción y presión que a veces se amontona y de pronto escapa como una gran explosión de energía, que llamamos terremotos o temblores de tierra—. Les volvió a mirar por el retrovisor y sonrió a la niña.

—Es más cuando se amontona la presión—, dijo Roberto en voz alta, —la fricción suele crear temblores pequeños y a veces alimentar algún volcán—. El cambio en la posición corporal y la mirada que les echó su tío, les dijo claramente a los dos niños que este se había llevado una sorpresa mayúscula. —Gracias— le contestó sonriendo, —eso tiene mucho sentido y es algo que no sabía—. Roberto volvió a observar el lenguaje corporal de su tío y se dio cuenta que decía la verdad.

—Es más simpático que los otros tíos—. Le dijo Cecila. —Sospecha que no somos retardados, como dice el abuelo—. Para ser una niña de tres años recién cumplidos, Cecilia tenía una capacidad de comprensión de su entorno y las personas muy avanzado. —Entonces la visita a Saladillo será más entretenida de lo que esperaba. La verdad es que me esperaba otro adulto limitado y aburrido—. Contestó. Aunque toda la conversación, que era como siempre hablaban, había sido mental. Su tío no se había enterado ni había oído nada.

Era julio y con ello las vacaciones de invierno así que aprovecharon para enviarles donde sus tíos porque su otra hermana, María, había empeorado de sus ataques de “histeria” y sus padres solo se podían ocupar de ella. O por lo menos fue lo que les dijeron. Tocó la casualidad de que Arturo estaba visitando familiares en la ciudad y podía llevarles, así que entre su madre y su tía se organizaron y en menos de dos horas tenían las maletas hechas, y los niños estaban despidiéndose de sus padres.

—Hubiera estado bien un buen baño antes del viaje—. Dijo su madre en voz alta mientras les ayudaba a subir al coche.

—Nos duchamos esta mañana—. Le contestó Roberto. —Cecilia me dijo que nos enviarías de viaje y que se te olvidaría bañarnos, así que tuvimos que tomar la iniciativa—. Su madre paró lo que estaba haciendo y le miró sorprendida. —Por favor. Sabes bien que tu hermana no habla—. Con lo cual le respondió lo mismo que siempre le decía cuando salían con ese tema:

—A mí sí me habla y a vosotros también, pero sois vosotros los que no escucháis—.

—No empecemos con esas y ven aquí que te doy un achuchón—. Su madre le dió un fuerte abrazo y un gran beso en la mejilla—. Roberto hizo una nota mental de quitarse el pinta labios cuando ya no le viera. Su padre le dio otro abrazo y con sus grandes manos lo despeinó entero. Cecilia pasó por el mismo proceso pero ella riendo y gritando de alegría.

 

Le gustaba mucho el coche de su tío. Era tan raro y diferente como su dueño y rara vez se veía alguno en la carretera. Era como si a un Fiat 500 le hubieran movido el parabrisas hacia adelante para así ganar espacio, cosa que lograron, pero a Roberto siempre le daba la sensación que el coche se conducía hacia atrás ya que la parte de adelante estaba atrás y la de atrás adelante. Un día se lo contó a su padre, pero este, que era músico, no se enteró de nada cuando Roberto le explicó que desde el punto de vista aerodinámico el coche estaba al revés.

 

Fiat 600 Multipla tipo 100.108

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Roberto notó que estaban ganando altura cuando se le empezaron a taponar los oídos. Había leído que el bostezar lo quitaba , así que aprovechando que estaba aburrido logró un gran bostezo que le destaponó los oídos. Miró a su hermana y le vio metiendo el dedo meñique al oído tratando de quitar la extraña sensación.

—El bostezar lo quita— le dijo a su hermana.

—No tengo sueño—.

—Bueno, pero puedes hacer el movimiento y así bostezar— le contestó. Cecilia puso la boca en forma de “O” por un rato.

—No funciona— le dijo su hermana.

—Como solo es cosa de equilibrar la presión interna con la externa, también puede que funcione si te ries— le contestó Roberto.

—Ja, ja, ja, ja—.

—Cecilia. Es un problema físico. El decir “ja ja ja” en tu mente no va a funcionar. Te debes reír, y de verdad, en alto—.

—No se me ocurre nada gracio…—. Cecilia no llegó a acabar la frase cuando su hermano le estaba haciendo cosquillas. Lo primero que hizo fue chillar, dando un susto de muerte a su tío, y después reír con esa risa tan pegajosa que tenía que siempre lograba que todo el mundo sonriera o riera con ella.—

De pronto Cecilia dejó de reír y en voz alta dijo:

—¡Ha funcionado!—.

—¿Qué ha funcionado?— les preguntó si tío, sorprendido de oír a Cecilia hablando.

—A Cecilia se la habían taponado los oídos y con la risa se le ha quitado— le respondió.

—Yo suelo bostezar— le contestó su tío.

Después de un rato viendo que Cecilia se movía cada vez más y empezaba a revolverse en su asiento, Arturo les dijo que iban a parar un rato a estirar las piernas. Hizo una pausa y pensando lo que acababa de decir les aclaró que eso era caminar un rato, que más adelante les enseñaría un sitio interesante.

 

Unos diez minutos más tarde, ya cuando el precipicio a la derecha del camino se había convertido en vertiginoso, pararon en un sitio donde podían aparcar y bajarse del coche.

—Esto se llama ‘El Salto del Soldado’ —. Les dijo su tío. —En la guerra de la independencia un soldado chileno saltó ese hueco escapando de los españoles—.

La pequeña explanada donde estaban acababa en una caída vertical de casi cien metros al fondo de la cual fluía un pequeño río. Por lo menos parecía pequeño desde esa altura. A unos ocho metros de distancia estaba el otro monte que quien sabe hace cuanto el río había separado pero que era obvio que alguna vez las dos puntas habían estado unidas.

—Ningún hombre puede saltar esa distancia— dijo Roberto.

 

Salto del soldado

El Salto del Soldado

—Iba a caballo— le respondió su tío —y lo sé, tampoco ningún caballo lo puede hacer, pero es la leyenda que tiene este sitio—.

Todos se quedaron en silencio mirando el otro lado del gran y profundo hueco imaginando cómo pudo hacerlo.

Cecilia que miraba todas las montañas que les rodeaban, le cogió la mano mientras le decía en absoluto silencio, —Las montañas son jóvenes—.

—¡Eso es!— gritó Roberto. —Las montañas son jóvenes, así que por los terremotos y temblores, algunos trozos se habrán derrumbado desde esa época. Lo más probable es que el hueco en tiempos de ese hombre haya sido mucho más pequeño—.

Su tío le sonrío. —Tienes toda la razón. El tiempo pasa para todos, inclusive para las montañas jóvenes. Volvamos al coche que hace frío y vuestra tía nos espera—.

SALADILLO

A pesar de que su tío le contó varias historias de cómo el coche se había estropeado a pesar de ser bastante nuevo, llegaron sin problemas a la casa de la tía Rose, que como su madre tenía nombre en Inglés. La casa era parte de una primera fila de casas adosadas que se veían todas iguales. Aparcaron frente a la casa y mientras su tío entraba para avisar que habían llegado, Roberto aprovechó para observar el lugar. La hilera de casas miraba al noroeste hacia un valle labrado por el río durante miles de años. En la distancia podía ver las cimas de montañas más pequeñas de unos mil metros de altura. El pueblo estaba a unos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. A su izquierda y hacia el oeste había una pared de piedra gigantesca. Le parecía tan recta que daba la sensación de que algún titán había cortado por la mitad una montaña con una espada gigante. A la derecha mirando al este había unos cerros mucho más pequeños que estaban llenos de arbustos y árboles. Roberto pensó que sería un buen sitio para explorar mientras volvía su mirada hacia arriba siguiendo la pared de roca a su izquierda. A mitad de camino vio unos pequeños pájaros volando y estaba empezando a tener dudas de la escala de todo cuando oyó a su tía Rose llamándoles.

 

—¡Roberto, Cecilia! ¡Pero qué alegría veros!— Le dijo mientras cogía a Cecila en brazos y a él le daba un abrazo y beso en la frente. Su tía que se había fijado donde estaba mirando, miró en la misma dirección y le dijo —A que no sabes qué son esos pájaros chiquititos allá arriba—. Roberto volvió la mirada hacia arriba y no lo tenía nada claro. Estaban usando las termales sin batir las alas así que muy pequeños no eran. —¿Algún tipo de halcón o aguilucho?— preguntó. —No— le contestó su tía sonriendo —Son cóndores—. El niño abrió los ojos asombrado. Sabía que los cóndores tenían una envergadura de ala de casi tres metros, lo que significaba que tenía la escala de todo terriblemente confundida. —Pero eso significa que esa pared es enorme— le contestó a su tía mientras entraban en la casa. —Casi mil metros de altura.— le contestó. —Inclusive hay algunos locos que la escalan. Se llama El Saladillo— le dijo sospechando que ese tipo de cosas le interesarían.

 

La casa por dentro era más amplia de lo que parecía desde afuera. Se entraba a una área abierta en forma de L que tenía el salón a la izquierda y enfrente el comedor que estaba junto a la cocina y el baño. Unas escaleras subían a la segunda planta por donde bajaban sus dos primos Art y Anne. Art tenía unos ocho años, dos años menos que Roberto y Anne unos cinco años. Roberto saludó a Art e inmediatamente le preguntó si alguna vez había explorado el monte con árboles. Este le contestó que sus padres no le dejaban ir solo y que sus amigos tenían más interés en el fútbol que explorar montes vacíos. Le iba a decir que algún día podían ir juntos cuando se dió cuenta que los adultos se habían callado y observaban a las niñas que jugaban con unos soldaditos de Art. Estaba claro que estaban conversando, pero la única que hablaba en alto era Anne. Cecilia movía sus manos y expresaba con su cara, pero no emitía ningún sonido.

—¿Están conversando?— preguntó Arturo.

—Sí— contestó Rose.

—Pero eso es imposible. Para eso se necesitan dos personas hablando.—

—Pues mírales— contestó Rose. —Obviamente se están comunicando. No te preocupes. En mi familia siempre pasan cosas raras—. Le dijo a su marido como si fuera lo más normal del mundo y se giró hacia la cocina. —¿Raras? No creo que esto se compare con cantar bien y fumar porros— le contestó su marido. Rose se giró y le sopló un beso.

Roberto desde el otro lado de la habitación preguntó mentalmente a su hermana,

—¿Te entiende?—

—Sí. Pero no sabe contestar—.

—Pues a mi no me oye—.

—Creo que es cosa de niños pequeños. O mejor dicho, niñas pequeñas—.

—Sospecho que la que tiene la habilidad eres tú y no ella— le contestó Roberto.

Cecilia compartió habitación con Anne y Roberto con Art, cosa que gustó a Roberto ya que la habitación miraba al norte, así que le daba el sol y podía ver todo el valle desapareciendo en la distancia donde se veían las montañas más pequeñas. También podía ver justo al otro lado de la carretera un parque infantil. Esa noche su tía Rose le explicó que Art le tenía terror a los temblores y terremotos y que había que tener mucho cuidado ya que salía corriendo en pánico sin darse cuenta a donde y se podía perder con facilidad. Roberto hizo una nota mental para recordarlo y le dió pena que su primo sufriera de eso en un país como Chile donde los temblores de tierra eran algo normal.

Llovió los tres días siguientes, pero al cuarto día salió un sol magnífico de esos que calientan hasta en invierno, así que Roberto pidió permiso a sus tíos para ir a explorar la colina. Su tía no lo tenía muy claro ya que todo estaría lleno de barro y charcos, pero le supo convencer con solo decirle que desde hace cuatro días que estaban encerrados en casa y que todos necesitaban correr un poco. Su tía que ya estaba algo cansada de cuatro niños jugando por la casa sin parar durante todo ese tiempo, al final cedió. Le dejó botas de goma a todos y ropa vieja cosa que les vino muy bien porque no habían pasado más de 15 minutos caminando entre los árboles a los pies de la colina y ya estaban todos embarrados. Embarrados y felices.

Encontraron una vieja casa árbol que parecía no tener dueños ya que el tejado, que era de bolsas de plástico, estaba tan roto que casi no quedaba cubierta. Pero el sol brillaba y cuando todos lograron subir, les calentaba el cuerpo. Anne después de un rato decidió que no le gustaba estar a esa altura y que tenía hambre, así que quiso volver a casa. Roberto que desde la casa árbol había visto un sendero que subía colina arriba trató de convencerla para que se quedara, pero fue imposible, así que decidió llevar a Anne a casa. Cuando volvía, ya en el bosquecillo vió una mujer observandole que pareció desvanecerse entre los árboles cuando la miró. De regreso al árbol encontró a Art con ganas de seguir monte arriba y Cecilia todavía en la casa árbol mirando hacia el cielo.

—Hay alguien malo interesado en nosotros— le dijo mentalemente. Roberto miró hacia arriba pero solo vio un cielo casi despejado.

—No tonto. Está muy alto. No podemos verle—.

—Bueno, pero el sol se va a esconder dentro de poco detrás de la pared de piedra, así que debemos seguir ahora o ya volver a casa— le contestó en voz alta para que también le oyera Art. Los dos niños gritaron casi a la vez —¡Sigamos,! ¡Sigamos!—.

Roberto volvió a mirar hacia arriba. La experiencia le había demostrado que la gran mayoría de las cosas extrañas que le decía su hermana pequeña al final resultaban ser reales, y del resto sospechaba que también tenía razón. No vió nada aparte de unos cóndores volando muy alto, pero volvió a hacer una nota mental.

—No te preocupes. Susie viene con nosotros—, le dijo Cecilia.

—Las amigas imaginarias están bien para jugar en casa, pero no sirven de mucho si pasa algo en el monte—, le contestó.

—Ya os lo he dicho. ¡Susie no es imaginaria!—.

—Cuando la vea, lo creeré. Ahora sigamos—.

La colina tenía una altura desde la falda de unos quinientos metros. En otras partes del mundo le hubieran llamado montaña, pero comparada con las moles que les rodeaban, se veía pequeña. Aunque tomando en cuenta que ya estaban a mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, realmente la cumbre estaba muy alta, pero Roberto ya había aprendido a su temprana edad que como casi todo en la vida y como había dicho Einstein, todo dependía del punto de vista del observador.
Los tres niños no tardaron nada en llegar a la mitad. Por lo menos eso les parecía después de subir cantando, contando historias de miedo, fantasía o de naves espaciales y jugando al escondite. Se dió cuenta que el sol estaba ya cerca de la punta de la enorme pared de piedra, así que habían pasado casi dos horas. Su estómago también estaba de acuerdo en que había pasado más tiempo del que parecía. Sabía que Cecilia era pequeña y aunque cuando quería tenía una energía interminable, cuando se le acababa se dormía en cualquier sitio. Decidió que era hora de volver y estaba a punto de decirlo en voz alta cuando Cecilia le dijo mentalemnte.

—Alguien vive allí—.

Se giró para mirar a su hermana y vió que apuntaba a un sitio unos pocos metros más adelante, donde el terreno era algo más plano. No tardaron nada en llegar y vieron que era la entrada a una cueva. Art, despùés de tantas historias de miedo no quiso acercarse. Roberto que estaba observando los detalles del entorno, ya que era obvio que algún animal vivía allí, no se dió cuenta que Cecilia se había adentrado unos metros dentro de la cueva. Corrió hacía ella pero Cecila ya se había detenido. Cuando llegó a su lado, mirando a todas partes quedó claro que era la morada de algo y se imaginó que de pronto vería los ojos de un puma y a la vez un gruñido acercándose y decidió que no quería que fueran la merienda de nadie.

—Vámonos de aquí. Al dueño de esta cueva es muy posible que no le guste que estemos invadiendo su territorio—.

Justo en ese momento le pareció oír algo que venía de la oscuridad al fondo de la cueva.

—¡Mierda!— Dijo en voz alta.

—¡Has dicho una palabrota!— Le dijo su hermana. —Los niños pequeños no pueden decir eso—. Le iba a contestar que él no era un niño pequeño, pero de nuevo le pareció oír ese extraño ruido. Cogió de una mano a Cecilia y le obligó a caminar hacia afuera.

—¡Espera!— dijo Cecilia justo a la entrada de la cueva y miró hacia arriba un rato. —A la de tres salimos— le dijo y se quedó esperando unos minutos.

—Uno… dos… ¡tres!— gritó y tiró de su hermano corriendo en dirección a Art que miraba hacia arriba con cara de susto. Roberto que sabía lo especial que era su hermana pequeña, simplemente corrió junto a ella sin preguntar qué era lo que pasaba. Justo antes de llegar dónde Art, una sombra tapó el sol y este que seguía mirando hacia arriba se giró asustado y corrió frente a ellos cuesta abajo por el sendero que habían usado antes. La sombra volvió a tapar el sol un poco más adelante y justo en ese momento se dió cuenta que su hermana se reía encantada mientras corrían. Su risa como solía ocurrir con todo el mundo, le hizo sonreír cosa que le dió suficiente tranquilidad para mirar hacia arriba un segundo. Un enorme cóndor volaba unos pocos metros por encima, pero no se acercaba. Simplemente estaba todo el rato con ellos a la misma altura y al llegar a los árboles, que a Roberto le pareció una eternidad, se alejó cojiendo altura. Todos se detuvieron bajo las ramas para recuperar el aliento.

—¿Crees que nos quería comer?— le preguntó Art.

—No— respondió Cecilia en voz alta y mentalementre le dijo — Realmente nos protegía. Nos ayudó a llegar a los árboles. Se lo pedí yo y él estaba de acuerdo ya que en la cueva estaba su familia y la mamá se estaba poniendo de mal humor—.

 

ÓRBITA DE RECONOCIMIENTO

La nave de reconocimiento Ninhursag-TXi de la flota local Anunnaki dió su tercera órbita alrededor del hemisferio sur del planeta. El tercero de abordo, responsable de comunicación había sentido la presencia de alguien del imperio, pero no estaba muy seguro. Protocolo dictaba que antes de apuntar en la bitácora debían estar totalmente seguros, así que iban por la tercera vuelta.

Al pasar por encima de la gran cadena montañosa que seguía todo el continente de sur a norte, Enlil que era el tercero de abordo volvió a sentir la presencia. En estas situaciones sus decisiones eran prioritarias, así que tomó el control de la nave y la detuvo encima de las montañas casi encima de una población minera humana. Esto no tenía mucho sentido ya que no había ningún grupo en la región. El más cercano estaba a cientos de kilómetros más al sur en una misión arqueológica.

La información que podía sentir, basada en años de entrenamiento y modificación genética a lo largo de generaciones, le decía que cerca de allí había un bebé Anunnaki de cierta importancia. No tenía sentido pero el protocolo exigía investigarlo. Ordenó a la Inteligencia Artificial de la nave que explorara todas las frecuencias por algún tipo de comunicación, pero esta le respondió que no había absolutamente nada. Lo único era comunicación humana.

A pesar de que todo apuntaba a un error, Enlil decidió seguir con el protocolo y utilizó el motor óptico. Con él activado hizo un zoom en el área sospechosa pero solo vio a dos niños humanos jugando en una colina. Uno de ellos que corría hacia una apertura en la pared del monte dió positivo pero de una forma muy sutil. Seguramente vestigios de algún experimento genético hace ya muchas generaciones. Nada que hubiera generado la presencia detectada. Esperó un poco a que el muchacho saliera de la cueva pero ya había decidido que era un error. En esos momentos el capitán le recordó que el resto tenían trabajo que hacer y que debía tomar una decisión, si investigar más o seguir con la rutina. Solo para asegurarse Anlil volvió a mirar la imagen pero en ella solo se veía el dorso de una de las enormes aves que habitaban esas montañas y que lo cubría todo. Apagó la imagen e informó al capitán que había sido una falsa alarma. Era la primera vez que le ocurría.

EL BAILE DE LAS MONTAÑAS

La mañana siguiente, al despertarse, los niños encontraron todo cubierto por un manto de nieve de casi un metro de espesor. Roberto y Cecilia nunca habían visto semejante cosa y les pareció una situación realmente mágica. Los dos miraban expectantes a su tía Rose para ver si les dejaría salir. Ella, que pasaba por la misma rutina todos los inviernos desde que habían llegado a vivir allí, les dijo:

—Primero hay que desayunar algo calentito y con mucha energía. Después os ponéis algo que abrigue bien y entonces podéis salir—.

El desayuno fue un bol de avena hervida en leche hasta que los copos se inflan y se ponen blandos, con una gran cucharada de miel.

— Porridge!! — gritaron Anne, Art y Roberto, usando el nombre que le daban sus respectivas madres a ese desayuno. Cecilia también lo hizo pero excepto Roberto, nadie la oyó.

Al salir, Roberto y Cecilia parecían gatitos que veían la nieve por primera vez. Caminaban con mucho cuidado y la tocaban con respeto. Art y Anne por otro lado, lo primero que hicieron, con gran algarabía, fue tirarse encima y rodar quedando casi sepultados. Los otros dos no esperaron mucho a unirse y en pocos segundos todos parecían muñecos de nieve.

Decidieron ir a jugar al parque infantil y Anne salió a todo correr en esa dirección, pero se olvidó que antes de llegar a la carretera había una gran zanja donde iría el nuevo sistema de desagüe del pueblo. La nieve había cubierto la zanja y el viento había hecho que se viera al mismo nivel que todo el resto. Aunque lo hubiera recordado, Anne no tenía manera de saber dónde estaba el ajugero. Los niños lo que vieron fue a Anne corriendo con pequeños saltos y de repente simplemente desaparecer. Todos se quedaron mirando sorprendidos sin saber qué había pasado. De pronto oyeron a Anne como muy a lo lejos pidiendo ayuda. Roberto corrió hacia donde se oían los gritos mientras que Art corría hacia la casa a avisar a sus padres. Al acercarse vio un hoyo en la nieve desde donde salía la voz de Anne. Se acercó con cuidado ya que se había dado cuenta de lo que había pasado y vio a Anne casi totalmente enterrada en la nieve tratando de sacarse la que tenía en la boca. Se la veía agobiada, así que Roberto saltó al lado de su prima y le ayudó a quitarse la nieve de la cara y ponerse de pie. En esos momento su tío Arturo llegó corriendo y les ayudó a salir. Todo quedó solo en un susto, pero para Roberto que lo analizaba todo se dió cuenta que la nieve era muy bonita y entretenida, pero muy traicionera. Decidió que desde ese momento trataría a la nieve igual como trataba al mar. Con muchísimo respeto y desconfianza.

Como Anne estaba bien y quería jugar un rato más, su tío les acompañó dando un rodeo alrededor de la zanja, hasta llegar al parque infantil que con toda la nieve, era mucho más entretenido, sobre todo cuando su tío les enseñó a hacer bolas de nieve. Acabaron todos cansadisimos, sudando de calor y tirados en la nieve.

Esa noche todos los niños se fueron a la cama temprano dando una alegría a los mayores. Después de lavarse los dientes Roberto se metió en su cama y Art le pidió que le contara una historia así que decidió contarle la leyenda de Ulises y las Sirenas, pero se dio cuenta de que había olvidado de apagar la luz. Las camas tenían la cabecera cada una al lado de la ventana pero el interruptor estaba junto a la puerta al otro lado de la habitación, así que se levantó y apagó la luz. Cuando se sentó en la cama y sus ojos se estaban acostumbrando a la oscuridad se dio cuenta que una luz blanca lo iluminaba todo. Miró por la ventana y vió la luna llena que iluminaba la habitación. Se tumbó en la cama y empezó a contar la vieja leyenda griega.

No habían pasado ni cinco minutos cuando empezaron a oír multitud de perros ladrando y aullando. Los perros, de pronto y todos a la vez se callaron, así que dejó de contar el relato de Ulises y escuchó con atención. Él sabía que si los ladridos de pronto se callaban era una señal que se acercaba un temblor de tierra y sí, allí estaba la segunda señal, un ruido como un tren lento y muy, muy pesado acercándose. Miró a su primo y con un tono relajado le contó que esas casas estaban hechas a prueba de terremotos. Que tenían cadenas dentro de las paredes, así nunca se rompían. Art obviamente se dió cuenta que el cambio de tema era por algo y pudo oír el ruido profundo que empezaba a llenarlo todo. Abrió los ojos asustado y se medio sentó en la cama.

—No te preocupes— le dijo Roberto. —Será un pequeño temblor de esos que no hacen nada— y en ese momento toda la casa se movió y se fué la luz en todo el pueblo. La lámpara empezó a oscilar de lado a lado y desde la habitación se podían oír los vasos en el armario de la cocina sonando como un montón de campanitas locas. Art le observaba atentamente y al verle tan relajado se tranquilizó un poco.

—El sistema de seguridad ha cortado la luz en todo el pueblo. Mejor imaginemos que estamos en el vagón cama del Orient Express. Somos dos detectives famosos que vamos a pillar a un asesino muy peligroso— le dijo mientras las camas temblaban y se movían de lado a lado. Art ya claramente más relajado le sonrió. Todo parecía los efectos especiales de los cuentos de su primo. De pronto por el rabillo del ojo Art vió algo y rápidamente se giró hacia la ventana. Se puso blanco y la expresión le cambió a terror absoluto, dió un grito, saltó de la cama y salió de la habitación a todo correr bajando las escaleras. Durante todo ese tiempo a su madre la había dado tiempo a reaccionar y estaba ya esperándole en el salón para agarrarle antes de que se escapara de casa. A Roberto no le había dado tiempo a nada pero estaba claro que Art había visto algo. Se levantó de la cama y miró por la ventana agarrándose a ella para no perder el equilibrio mientras la casa seguía moviéndose.

 

Lo que vió rompió su esquema mental de lo que era la realidad para el resto de su vida. La noche estaba bastante despejada y la Luna llena iluminaba las montañas cubiertas de nieve que parecían brillar. Podía ver inclusive las más lejanas por ese brillo intenso. Montañas que subían y bajaban como si flotaran en en un mar lleno de olas brillando bajo la Luna. No podía dejar de mirarlas. Una montaña era lo más fijo e inamovible que jamás había conocido, pero allí estaban como barcas en una tormenta. De pronto algo grande y oscuro se movió a su izquierda.

La mole de piedra de casi mil metros se estaba moviendo. Miró hacia arriba y se dio cuenta que estaba cubriendo casi todo el cielo y estaba cada vez más cerca. Era lo que Art había visto. La mole se acercaba cada vez más y ya cubría todo el cielo llenando todo de la más profunda oscuridad. “Ahora sé lo que siente una hormiga justo antes que el zapato la aplaste” pensó Roberto. “Voy a morir” y por un momento tuvo miedo pero también curiosidad por saber que pasaría después. Pero lo que ocurrió fue que la gran pared de piedra se detuvo y después a la misma velocidad volvió a sus sitio. Roberto estaba en estado de shock y no podía quitarse la sensación de lo insignificante que era en comparación con las fuerzas de la naturaleza. No quitó ojo a la mole de piedra, pero esta no volvió a moverse. En ese momento tomó conciencia que alguién le hablaba y tiraba del pijama.

—¿Estás bien? ¿Dónde está el zapato gigante? ¿Nos va a pisar?— le preguntaba Cecilia en su cabeza.

Se giró hacia ella y por primera vez en la gran corta vida de Cecilia vió preocupación y miedo. Respiró profundamente y se dio cuenta que la casa se movía menos.

—¿Alguna vez has visto montañas bailando?—

—Las montañas no bailan tonto. Solo lo hacen las personas.—

Roberto se agacho y cogió a su hermana en brazos.

—Pues mira esas de allí— le dijo. —Lo que para nosotros es un ruido profundo que asusta, para ellas es música, así que bailan—. Cecilia miró atentamente a las montañas que todavía se movían a lo lejos, le miró a él y después de nuevo a las montañas y aplaudió. Le pidió que la bajara y se puso a bailar en la habitación a un ritmo lento que fluía con el sonido ya casi imperceptible del terremoto de tierra.

—Bailemos Roberto. Así seremos los primeros en bailar con las montañas—, y Roberto, Cecilia y Los Andes bailaron al mismo ritmo hasta que acabó la música y todo volvió a una escala humana. Una escala limitada y pequeñita que tienen las personas de la realidad, pero que para ellos volvería a cambiar unos meses más tarde.

Agradezco las primeras lecturas a Loreto Alonso-Alegre y la edición y revisión del texto de Dolores Póliz.

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Alejandro.

Comentarios
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16 Comentarios

  1. Ximena

    Me ha encantado!!! Es una realidad de nin@s pequen@s, con su imaginación y lenguaje muy real. Enhorabuena!!!!!

    Responder
  2. Flor Avila M.

    Me gustó mucho pues como los niños ven el día a día con su imaginación tan linda
    Felicitaciones!!!!👏👏👏💕

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  3. Art...

    Fue mágico me remontó a mi niñez. El relato fue muy bonito y lleno de vida. La verdad es que me emocionó y me trajo maravillosos recuerdos guardados en mi interior.

    Responder
    • Alejandro Ahumada

      Me alegro muchísimo que te recordara esos momentos. Ahora le puedes decir a tus hijos que sales en un cuento de ciencia ficción. ¡Un abrazo!

      Responder
  4. Inelia

    Thank you so much for this amazing birthday present bro! I love it.

    Responder
    • Alejandro Ahumada

      Big hug!!!

      Responder
  5. Angelica Roa

    Qué bello!! me encantó y me transportó por completo, pude bailar con las montañas 🤩

    Responder
    • Alejandro Ahumada

      ¡Gracias! No siempre se tiene la oportunidad de sentir la unión con el universo y con la vida, pero para eso sirven los cuenta cuentos. Crean universos y realidades que permiten vivir cosas en nuestra mente y corazón.

      Responder
  6. Julio Berríos

    Me recordó mi primer terremoto, año 1971, en Saladillo, en el piso mas alto,4, de nuestro edificio; mirando con mis padres y mi hermana desde el ventanal del living, hacia el cerro de al frente (la montaña de piedra cortada a pique) y como caían las piedras desde ese cerro y llegaban hasta el rio las mas grandes.

    Responder
    • Alejandro Ahumada

      Muchas gracias Julio. Tuvimos experiencias parecidas y de las que no se olvidan. Tanto que al final acaban en una relato de ciencia ficción.

      Responder
  7. Giovanna

    Me encantó!!!! Lo ame !!!! …. me transportó inmediatamente a mi niñez Y sin lugar a dudas a ese maravilloso y majestuoso lugar … que fue testigo de las aventuras vividas por todos nosotros ….
    Muchas gracias !!!!

    Responder
    • Alejandro Ahumada

      Un placer Giovanna. Supongo que te imaginas en quien está basada el personaje de Anne. 😉

      Responder
  8. Eli

    Un relato precioso descrito a través de la mirada infantil. Precioso, mi enhorabuena por seguir sorprendiendo. Besucos!

    Responder
  9. Giovanna

    Siiii primito , me di cuenta enseguida porque al relatar cómo Anne desaparecía en la nieve volvieron a mi mente muchos recueros y vencías vividos con Roberto y Clara
    Y me sorprendió gratamente que aún hoy en día te recuerdes cómo era nuestra casa más aún dónde quedaba el interruptor de la Luz del dormitorio donde dormían Uds… mil besos y abrazos a la distancia , espero volver a verte …. cariños y mucho amor para ti y tu linda familia ….

    Responder
  10. Jaime

    Te felicito Alejandro me habría encantado conocerte, sin dudas es un historia muy hermosa lo cual también me traen recuerdos maravillosos. Tengo por siempre guardados en mi corazón momentos inolvidables desde que llegue a Saladillo en 1968
    Genial tu relato quizás puedas hacer otros.
    Un abrazo desde la tierra de sol y cobre Chuquicamata.

    Responder
    • Alejandro Ahumada

      Muchas gracias por tu comentario Jaime. A pesar de ser una historia basada en el universo de «The Return», obviamente las experiencias descritas son reales y me encana el ver que son las personas que han vivido allí y pasado por cosas parecidas que se dan cuenta que todo eso fue real.

      ¡Gracias!

      Responder

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