Sheila. 

En mi juventud viví en Escocia, un país que me enseñó cosas como la virtud de ser feliz, los haggies, las pelirrojas y que cuando las mujeres se unen pueden con todo. Viví allí poco tiempo, pero ese país me marcó para toda la vida. Mi madre a base de trabajo y esfuerzo obtuvo una plaza de estudios para hacer un master en la universidad de Nottingham y nos fuimos al sur junto con mi hermana Cecilia y una pequeña adición a la familia que mi madre me regaló.

Le llamé Sheila en honor a una pelirroja escocesa que fue mi primer flechazo. Era una gata muy pequeñita de manchas grises y blancas de raza angora por lo que de pequeña parecía más una bolita de lana que un gatito. Me extrañó el saber que los dueños criaban gatos angora y que la hembra que estaba en celo se escapó de casa. Después de unos días de juerga con los gatos del barrio volvió embarazada. Los dueños querían mucho a sus animales, así que dejaron que la hembra tuviera los gatitos y al nacer buscaron familias de adopción para regalarlos ya que económicamente no valían nada. Mi madre se enteró de esto por unos amigos y le regalaron a Sheila. Todo esto me extrañó ya que parecía un déjà-vu de cómo llegó a mi un perro maravilloso que había tenido unos años antes.

Era una gatita inteligente, cariñosa y juguetona y nos entendíamos perfectamente. No dudaba en cazar cualquier bolita o cuerda que moviera delante de ella y como a mí, le encantaba la Fórmula 1. Cada vez que un coche cruzaba la pantalla de la televisión trataba de pillarlo. También le gustaban los programas de naturaleza sobre todo en los que salían leones.
Le enseñe de pequeña a jugar al escondite cosa que aprendió rápidamente, aunque al principio no aguantaba mucho tiempo escondida y decidía que era ella la que tenía que cazarme a mi. Una día de primavera aprovechando que hacía bueno, salimos del pequeño apartamento que el ayuntamiento nos había dejado en Bainsford, al prado comunal donde había un campo de fútbol, área recreativa y algunas huertas de vecinos del barrio. Llevé a Sheila para que supiera lo que era estar al aire libre y estuvimos un buen rato disfrutando del césped y el sol. Casi no podía ver ya que la hierba era mucho más alta que ella y era gracioso verla caminar ya que parecía una versión en miniatura de un tigre de la India. Había más familias que habían salido a disfrutar del día y una de ellas tenía dos perros de raza pastor alemán. Cuando ella les vió ocurrió una cosa que marcaría su comportamiento el resto de su vida. Yo estaba justo a su lado cuando soltó unos bufidos que al ser tan pequeña sonaban más como pequeños y suaves escupitajos y corrió a toda velocidad hacia ellos, dando saltos en la hierba cada que vez que les perdía de vista por la altura de esta. Al principio no supe qué pasaba hasta que me di cuenta que iba a por a los perros. Corrí tras ella y la alcanzé rápidamente. Los perros ni se enteraron que habían estado a punto de ser atacados por una pequeña bola de pelos.

 

Mi madre empezaba el máster en septiembre y unas semanas antes llegamos a Nottingham a un piso de protección oficial en los bloques de apartamentos de Baloon Woods. Llamados así porque en la segunda guerra mundial cerca de allí había una fábrica importante y justo en el sitio donde estaban los bloques de apartamentos había un montón de globos enormes que la rodeaban que sirvieron como defensa para que los aviones alemanes no pudieran acercarse y destruirla.. Eran unos apartamentos grises y feos construidos con piezas prefabricadas al estilo Lego. En ese piso pasé muchas horas jugando a las escondidas con Sheila que con el tiempo aprendió a esconderse muy bien. Me costaba muchísimo encontrarla hasta que un día me dí cuenta que de alguna manera podía “sentir” donde estaba. Una sensación parecida a estar con los ojos cerrados, pero saber dónde está la estufa por el calor que irradia. Obviamente una gata de tamaño medio, y bien escondida no irradia calor que se pueda sentir, pero sí una especie de esencia de vida. Es una sensación parecida aunque mucho más sutil. Cuando descubrí esa habilidad ya siempre la encontraba, hasta que llegó Chiquitín, el gato de mi hermana Cecilia que era mucho mejor compañero de juegos para Sheila y el gato con más paciencia que he conocido jamás. Unos meses más tarde Sheila estaba cada vez más barrigona y me di cuenta que estaba embarazada, pero como era muy inquieta unas semanas antes de parir se cayó desde el segundo piso. La llevamos a todo correr a la RSPCA y pudieron salvarle la vida, pero perdió a todos sus gatitos. No solo eso, al caer se rompió un cadera por lo cual siempre tendría problemas si se quedaba preñada, así que la esterilizamos. Se recuperó rápidamente, pero quedó algo más gruñona de lo normal. Conmigo siguió igual de cariñosa pero ya no podía ver ningún perro y le caían bastante mal los niños pequeños. A veces alguna amiga de mi madre venía de visita con sus hijos y estos jugaban encantados con Chiquitín, que era un santo, pero a pesar que cuando Sheila les oía se metía bajo en sofá o en mi habitación, los niños solían encontrarle y trataban de jugar con ella. Sheila les ignoraba y hacía como si dormía pero si alguno se atrevía a tocarla, rápidamente les bufaba y a la vez les arañaba. El resultado era que en casa nos enterábamos que algún niño había encontrado a Sheila al oír el grito del susto y después el llanto.

Nuestro piso era de dos plantas y la inferior estaba a nivel del suelo, por lo cual teníamos una especie de balcón con una pequeña verja de barrotes separándolo de la calle y por donde Sheila y Chiquitín podían salir sin problemas. No había tráfico ya que era un callejón sin salida y solo la usaban algunos vecinos para dejar sus coches. Más de una vez ví perros tratando de alcanzar a Sheila. Esta se solía subir encima de algún coche y observarlos atentamente y sin miedo desde arriba. Un día estaba yo fuera en el “jardín” cuando ví a uno de los perros siguiendo a toda velocidad y muy de cerca a mi gata. Lo raro es que si el perro bajaba la velocidad, ella también lo hacía como retando a ver si podía pillarle. Casi ya en casa cuando el perro estaba a pocos centímetros de su cola, ella saltó la verja y el perro que venía rápido metió toda la cabeza entre los barrotes y comenzó a ladrarle. Sheila con una tranquilidad inusual se giró, se le acercó a pocos centímetros de la nariz y le miró, cosa que hizo que el perro se enfureciera y fue entonces cuando empezó a soltarle zarpazos en los ojos. El perro rápidamente pasó de furia a terror, pero por esa misma razón no podía sacar la cabeza de entre los barrotes mientras la pequeña gata no le dejaba de arañar. Finalmente logró soltar su cabeza y escapó a todo correr gimiendo mientras Sheila le observaba sin inmutarse.

Con el tiempo las tácticas antiperrunas subieron de nivel. Un día al oír ladridos miré por la ventana y ví a Chiquitín encima de un coche aparcado y un perro ladrandole. Obviamente el gato de mi hermana había escapado del perro subiendo al coche, pero el perro no se daba por vencido y daba vueltas alrededor. Estaba apunto de dejar de mirarles ya que era solo cosa de tiempo a que el perro se aburriera, cuando veo a Sheila arrastrándose por la hierba en dirección al coche. Se movía igual como cuando cazan. Avanzando muy agachados con la barriga tocando el suelo, moviéndose solo cuando el perro no podía verla. En un momento dado y aprovechando el no ser vista Sheila salió a todo correr y subió encima con Chiquitín. Desde arriba observaba al perro dando círculos y de pronto saltó encima de él a la altura del cuello. Se agarró a la piel del perro con las uñas de los pies y de una pata y con la otra empezó a dar zarpazos en los ojos del perro que aterrorizado corría de un lado a otro sin casi poder ver. En un momento el perro gimiendo y asustado vuelve a acercarse al coche, momento que Sheila aprovecha para soltarle y saltar con Chiquitín. El perro no esperó a ver quién estaba detrás del ataque, salió a todo correr del callejón.

Semanas más tarde volví a ver a mi gata cabalgando encima de un perro aterrorizado. Sospeché que se estaba convirtiendo en práctica habitual, cosa que quedó confirmada ya que con el tiempo estos no se acercaban a la calle de atrás del apartamento, pero sí empezaron a aparecer más gatos y con la primavera, un buen día apareció el macho alfa del barrio a dar la paliza de turno al gato de mi hermana, que como os había contado era más bueno que un pan. Me encontraba escuchando música con los cascos cuando Sheila apareció toda nerviosa y pidiéndome que la siguiera, me quité los cascos y en ese momento oí gritos de gatos en la calle. Miré por la ventana y vi que Chiquitín estaba arrinconado por un macho más grande que le estaba dando una paliza.. Sheila ya desesperada por la lentitud de los humanos, me dio un zarpazo en los zapatos insistiendo para que fuese detrás de ella. “Vale, vale. Ya voy.” le dije mientras la seguía. Me llevó a la puerta de la cocina, que era, aparte de la de entrada la única que ella no podía abrir. Se puso al lado le la puerta y me pidió que la abriera. “¿Segura?” le pregunté. “Ese gato es muy grande.”.La mirada que me dio fue respuesta suficiente y abrí la puerta. Salió como una flecha hacia donde estaban los gatos y sin dudar un momento atacó al macho alfa dándole un gran zarpazo en el culo. Este se giró y muy rápidamente le devolvió el zarpazo sorprendiendo a Sheila que retrocedió asustada. Por algo era el alfa del barrio. Miró a Sheila, decidió que no era un peligro y volvió a por Chiquitín pero Sheila era el gato más inteligente que yo jamás había conocido. Le había enseñado a abrir puertas, abrir la bolsa de comida de gatos y avisarme cuando el arenero necesitaba limpieza, pero ese dia la vi razonar como nunca llegué a imaginar. Sheila se quedó unos segundo mirando al enorme gato macho, miró por unos segundos a la entrada del callejón y después salió corriendo en esa dirección. Yo viendo que el gato de Cecilia podía sufrir una paliza peligrosa decidí intervenir. Estaba a punto de salir a la calle cuando oí ladridos y vi a Sheila aparecer en la entrada del callejón, parar y mirar hacia atrás como esperando a alguien. De pronto apareció uno de los perros que ella tanto odiaba y cuando estaba punto de cogerla, Sheila echó a correr en dirección al macho alfa que estaba demasiado concentrado pegando a Chiquitín como para saber lo que ocurría a sus espaldas. Cuando Sheila llegó al rincón de la pelea entre el macho alfa y Chiquitín, saltó por encima del primero y se situó junto a su amigo. El alfa quedó desconcertado por unos segundos al ver a mi gata y a partir de ahí y durante un interminable minuto le cae encima una furia de ladridos y dientes, momento en que Sheila aprovecha para escapar con Chiquitín y volver a casa donde se pone a mi lado mirando como el perro expulsó al ya un poco menos alfa, de nuestro barrio. Yo todavía sorprendido la observé con una mirada entre sorpresa y orgullo. Cuando cesaron los ladridos, se giró hacia mí con una expresión como diciendo “Oye, que era más rápido que yo.” mientras entraba en casa con la cola más levantada que nunca.

La mayor parte del tiempo era muy cariñosa y juguetona. Cuando la arena de las cacas se llenaba venía a avisarme. Había pocas cosas que le dieran más asco que la arena sucia. Recuerdo una ocasión que tardé demasiado en limpiarle la arena, la encontré en el pequeño borde la bandeja haciendo equilibrios mientras trataba de hacer sus necesidades, su exquisitez le impedía tocar la arena. Mientras se la limpiaba me dejó los los tímpanos temblando de tanto quejarse, pero una vez acabé y quedó todo limpio con arena fresca hizo algo que luego se repitió en el tiempo y que parecía encantarle. Saltó dentro tratando de pillar cada grano de arena que se movía por lo cual se volvía loca de alegría dando brincos por todo el arenero Cuando acababa echaba una meadita y se iba dejando el suelo del baño, que es donde estaba la bandeja, lleno de arena por todas partes. Así que yo tenía que esperar a que se fuera antes de barrer todo y volver a limpiar la bandeja, que si no volvía a empezar.

También se fijaba en todo lo que yo hacía y cuando se aburría le gustaba llamar la atención tirando cosas de las baldas o tratando de cazarme, así que me pasaba horas jugando con ella o ella conmigo según lo veamos con ojos gatunos o humanos. Con el tiempo supe diferenciar su esencia de vida a la del gato de mi hermana y lograba encontrarla cuando jugábamos al escondite. Aunque hubo un sitio de casa donde nunca logré encontrarla. En alguna parte de la habitación de Cecilia y solo sé eso porque después de una o dos horas aparecía con cara de sueño ya que se había dormido esperando a que la encontrara. No sé cómo lo lograba, pero en esa habitación podía “apagar” su esencia de vida y desaparecer de mi radar. También puede que Cecilia tuviera esta habitación protegida de esas cosas ya que ella valoraba mucho su intimidad. Aún hoy en día es capaz de hacer cosas así. Eso de buscar la esencia de vida puede ser muy útil. Recuerdo una vez estando en la Plaza De España en Madrid, logré encontrar a mi padre quince minutos más tarde en Callao entre cientos de persona en hora punta en la Gran Vía. Inclusive ahora mientras os cuento las aventuras de Sheila, puedo sentir a los miembros de mi familia como pequeñas llamitas de vida esparcidas por el mundo.

Aunque Sheila era cariñosa alguna de las amigas de mi madre le llamaban “La gata psicópata”. Aparte de conocer sus «hazañas» en las visitas que hacían a la casa, se enteraron de la historia de una profesora que quería mucho a Cecilia y una vez acudió a visitarla a casa. A esta mujer le gustaban los perros y viajaba siempre con ellos. Aunque le explicamos que era mejor no venir con perros a casa, y no era por lo que ellos pudieran hacer a los gatos, un día vino a vernos, dejando a sus perros en el coche. Estaba en la entrada de casa saludando a mi madre y a Cecilia, cuando Sheila empezó a bajar lentamente las escaleras desde la segunda planta olisqueando el aire. Cuando llegó abajo se dio cuenta de que el olor procedía de la profesora. Gruñó y se puso en posición de cazar, pegando su cuerpo al suelo y sin quitarle ojo de encima se dirigió lentamente hacia ella. No sé si alguno de vosotros alguna vez un depredador os ha mirado como carne fresca para merendar, pero aunque era de una pequeña gata, esa mirada hace que instintos ya casi olvidados regresen a nosotros y nos pongamos en alerta. Da mucho miedo. De pronto Sheila corrió hacia ella y saltó a sus pantalones vaqueros mientras la pobre mujer gritaba para que se la quitáramos de encima. Llegué justo tiempo para atrapar a Sheila antes de que llegara a la cara. La profesora no hacía más que disculparse como si fuera culpa de ella, mal disimulando el pánico pasado, así que le explique que a todos nos había pillado por sorpresa, pero que la pequeña gata odiaba a todos los perros y por lo visto a sus dueños también. De allí en adelante tuve mucho más cuidado ya que estaba claro que Sheila si lo decidía, no tenía ningún miedo a las personas. Por eso se ganó ese mote.

A los dieciséis años me fuí de casa a buscarme la vida. Pero tenía un presupuesto diario muy ajustado así que vivía en casas de estudiantes donde solo tenía acceso a una habitación y el baño, y con suerte a la cocina y en todos estaba prohibido tener animales, por lo cual pedí a mi madre si podía quedarse con Sheila. Se había cambiado a una casa de protección oficial, pero casa en el suelo y con jardín en el barrio de Aspley, así que Sheila tenía donde estar y mi madre le caía bien.

Unos dos años más tarde todavía viviendo por mi cuenta en una casa de estudiantes en Lenton Boulevard, tuve un sueño de esos que en mi familia se describen como “diferentes”. Básicamente sueños que nos son los típicos de todos los días. Este fue mi sueño:

Sheila está tensa y simulando dormir, como cuando llegaban niños a casa de mi madre. Está atenta a todos los ruidos, pero sin mover las orejas. Miro a ver dónde está y es una jaula. Una jaula rodeada de otras jaulas con más gatos. Todos asustados. Inclusive en jaulas más grandes puedo ver a algún perro. Se oyen voces humanas y Sheila abre un poco los ojos y les observa. Me giro para mirar en esa dirección y veo tres personas en batas blancas. Dos hombres y una mujer hablando en Inglés.
“¿Con cual empezamos?” Dice la mujer.
“Están todos todavía asustados y paso de correr por todo el laboratorio si se nos escapa alguno.” Responde uno de los hombres.
El otro hombre que se mueve mirando todas las jaulas se detiene frente a Sheila y dice, “A esta se le ve muy relajada. Está claro que le han tratado como a una reina toda su vida.”.
El primer hombre se acerca y mira a Sheila. “No sé” dice. “Es un poco raro que esté dormida todavía”. Toca la jaula y Sheila abre los ojos y se estira como despertando de una agradable siesta. “Venga. Empecemos con esta. Que no se entera de nada.” dice la mujer abriendo la jaula y cogiendo a Sheila que no se resiste para nada y la deja sobre una superficie metálica esperando su reacción. Sheila se sienta y mira alrededor, mira los otros gatos, mira a los hombres y después a la mujer. Esta, que la observa atentamente dice “Pues que bien. Tenemos suerte hoy. John, prepara el sedativo por favor. Empezamos con esta.” dice aproximándose a ella.
Lo siguiente ocurre en pocos segundos. Cuando la mujer está justo al lado, a Sheila le cambia la mirada, se gira hacia la mujer y da un gran salto hacia ella. La mujer trata de dar un paso atrás, pero Sheila ya está agarrada a la bata a la altura del pecho. La mujer le da un golpe pero no logra soltarla y grita “¡Ayudarme! ¡Quitármela de encima!”, momento en que Sheila aprovecha, coge impulso y da un salto hacia arriba agarrando el cuello con sus zarpas y hundiendo con fuerza todos sus dientes en la garganta de la mujer y tira para desgarrar. Los hombres llegan a su lado mientras el enorme chillido de la mujer llena el laboratorio de miedo y sangre. Inyectan algo en Sheila. Me despierto y noto que la esencia de vida de Sheila ya no existe.

Al día siguiente cogí mi moto y a toda velocidad partí a casa de mi madre. Al llegar dejé la moto en la calle y entré por el jardín delantero llamando a Sheila. Mi madre al oírme abrió la puerta de casa.
“¿Te has enterado?” me pregunta.
“¿Sheila ha muerto?” le pregunté esperando estar equivocado y que solo hubiera sido un sueño o pesadilla normal.
Mi madre me miró y me dijo “Espero que sí. Hace dos noches desaparecieron un montón de gatos del barrio. Inclusive algún perro. Cuando la vecina de al lado me vio buscando a Sheila me lo contó. Me dijo que cuando eso pasa es que algún laboratorio de cosmética ha pagado para robar gatos y perros para después hacer experimentos con ellos.”
Entre lágrimas le conté el sueño a mi madre, que me abrazó. “Entonces está muerta.”. Me dijo. “Me alegro que haya muerto así, luchando hasta el final y me alegro que le diera su merecido a la cocha-de-su-madre esa. Debes estar orgulloso.” Y lo estaba. Si había un gato capaz de hacer una cosa así, ese era Sheila. A Chiquitín no le pillaron porque con lo tranquilo que era, después de cenar dormía todas las noches en casa.

Pero este no es el fin de la historia. Unos ocho años más tarde yo ya estaba casado y viviendo en Francia en un pueblo llamado Bois d’Arcy cerca de Versalles. Trabajaba en una multinacional de la informática que tenía su sede en Saint-Quentin-en-Yvelines con trabajadores de todas partes del mundo. Una tarde mi mujer y yo íbamos de camino a una fiesta que había organizado un compañero de trabajo en Fontenay-le-Fleury, un pueblo bien cuidado y lleno de árboles. Dejamos el coche y cogimos un pequeño camino entre edificios de apartamentos flanqueado con grandes árboles y jardines con flores. Recuerdo que el camino era un poco cuesta arriba y mi mujer y yo íbamos charlando cuando de pronto siento la escencia de vida de Sheila. Obviamente pensé que era mi imaginación, pero se hacía cada vez más fuerte. Frente a mí a unos veinte metros apareció una mujer de unos cuarenta años paseando su perro. Una preciosa golden retriever que estaba muy bien cuidada. La esencia de vida que desprendía era exactamente igual a la de Sheila. Me detuve y me mujer me preguntó que qué me pasaba. “Es Sheila” le respondí. A unos diez metros la perra levantó las orejas y me observaba mientras se acercaba. A unos cinco metros se detuvo y nos quedamos mirando. La dueña también se detuvo y le dijo algo en Francés, seguramente de que siguiera caminando. Pero mantuvimos la mirada y entonces yo le dije “Hola Sheila.”. La perra saltó hacia mí tan rápido que la dueña tuvo que soltar la cuerda lo que le permitió echar a correr a toda velocidad. Yo me agache para esperarla. Saltó sobre mi y nos dimos un abrazo, mientras ella movía la cola y me lamía toda la cara. Daba pequeños saltos de alegría mientras nos mirabamos a los ojos y nos comunicamos. La conversación fue más o menos así. “¿Eres feliz?” le pregunté. “¡Sí!”, me dijo. “Ella es fantástica. Es mi familia. ¿Y tu donde has estado?” me preguntó. “Muy lejos y en muchos sitios.” le contesté. “¿Es ella tu familia?” me preguntó mirando a mi mujer. “Sí.”, le dije “También soy muy feliz.”. “¡Que bien!” dijo dando más de esos saltos. En ese momento la dueña ya había llegado donde estábamos, pero no le detuvo ni tampoco nos dijo nada, se la veía incapaz de reaccionar ante la escena que estaba contemplando. Era más que obvio que Sheila, o como se llamara entonces, y yo nos conocíamos muy bien. “Debo irme. Que mi familia quiere volver a casa antes de oscurecer.” mi hizo saber. Le dí otro abrazo y le dije, “Me ha hecho muy feliz el volver a verte. Estoy muy orgulloso de tí.”. “Claro que sí.” me dijo “Ella también lo está.”. Se giró a su dueña que volvió a coger la cuerda y siguieron su camino. La dueña mirándola extrañada y Sheila feliz.

“Era Sheila” le dije a mi mujer. “Es feliz…. y es un perro.”.

 

Ilustración de Dolores Póliz

Agradezco las primeras lecturas a Loreto Alonso-Alegre y la edición y revisión del texto de Dolores Póliz.

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Alejandro.


Comentarios
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5 Comentarios

  1. Ximena

    Enhorabuena!!! Consigues transmitir muy bien las emociones gatunas y reacciones humanas con un relato tranquilo y bonito.

    Responder
  2. María

    Estoy totalmente de acuerdo me hiciste estar en tu piel y la de sheila, me reí, me austé, me sorprendí, llore…
    Una historia preciosa e inolvidable.

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  3. Inelia

    Awww Sheila. I thought she was a German Shepard. No idea why 🙂

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  4. Fernando

    Me ha gustado mucho, cualquiera diria que es pura fantasía… 🐅

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  5. Dolores

    La magia del encuentro final le da al relato lo que me gusta de tus historias. Espero la próxima. Saludos:)

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