El Cuero

Trülke Wekufü

Tenía unos siete años cuando, un fin de semana de verano, nuestra madre nos dijo que iríamos a hacer un picnic al campo. En mi geografía infantil, “el campo” era algo relacionado con las visitas a nuestra abuela en Rancagua. Desde nuestra casa en Villa Berlín, en el Cerro Placeres, nuestra vida transcurría entre calles, casas y la ciudad de Valparaíso. Nunca salíamos “al campo”, así que me sorprendió descubrir que también podía existir uno mucho más cerca de casa.

Mi padre hacía poco que había comprado su primer coche. Admiraba la ingeniería alemana, así que se había comprado un flamante NSU Prinz 1000 rojo, convencido de que los alemanes sabían fabricar coches que nunca fallaban. Con el tiempo descubriría que, aunque el coche estuviera bien construido, de poco servía si en Chile casi nadie sabía repararlo y cada repuesto podía tardar semanas, o incluso meses, en llegar.

Ese día mi madre preparó una merienda, bebidas y todo lo necesario, y nos fuimos al misterioso “campo”.

Después de más o menos una hora de viaje, tras pasar por Viña del Mar y, más adelante, por la Ciudad de los Marcianos, como llamábamos a una refinería cerca de Concón, seguimos un rato más, abandonamos las rutas transitadas y acabamos en un lugar con árboles y un río cerca.

Yo estaba encantado de descubrir que el campo estaba mucho más cerca de casa de lo que pensaba y me dediqué inmediatamente a explorar. Mi madre, al ver mis intenciones, me explicó que el lugar era grande y que, si no me fijaba por dónde iba y en las cosas que veía, podía perderme.

Tomando aquello en cuenta, me alejé un poco para investigar.

Pasé por debajo de una alambrada que separaba lo que parecía ser un pequeño río y me acerqué al agua. Era extraño. Parecía un río, pero casi no fluía. Me senté en la orilla, metí los pies en el agua y me mojé la cara con las manos.

El agua era un poco salada.

Supuse que el mar no debía de estar lejos, pero no oía las olas ni podía sentir el típico olor del océano Pacífico. Cuando regresábamos de Rancagua, yo podía oler el mar muchísimo antes de llegar a casa, desde donde se veía la bahía de Valparaíso.

En un momento vi algo que se movía por el fondo del pequeño río. Pensé que era un pez, pero parecía bastante más grande de lo normal.

Estaba concentrado tratando de descubrir qué era cuando oí un grito que me dio un susto de muerte.

—¡¿Qué te ha pasado?!

Me giré. Era mi hermana Paloma.

—¡Eso no tiene gracia! ¿Por qué me asustas?

—¡Pero si tienes la espalda llena de sangre! ¿Qué te ha pasado?

—Nada. ¿Seguro que es sangre? —le pregunté, pensando que quizá me había manchado con algo rojo. No podía girarme lo suficiente para verlo.

—Muy segura. Sí. Ven, vamos donde mamá para que te mire. ¿No te duele?

—No me duele nada ni me ha pasado nada.

—Seguro que algo te ha pasado.

Caminamos de vuelta y me dirigí hacia la cerca por donde había pasado.

—¿Adónde vas? —me preguntó Paloma.

—Por allí. Hay sitio por debajo de los alambres.

—Pero si allí hay una puerta —me contestó.

Miré hacia donde apuntaba y vi un portón medio abierto, justo lo suficiente para poder pasar.

—Los alambres por donde pasaste son de espino. Seguro que te arañaste con uno.

Al llegar donde estaba nuestra madre, esta casi dio otro grito. Todo me pareció bastante exagerado hasta que me quitó la camiseta.

Casi toda mi espalda estaba manchada de sangre todavía húmeda.

Paloma le contó que había pasado por debajo del alambre de espino.

—¿No has sentido nada? —me preguntó mi madre mientras sacaba de su bolso, donde siempre parecía tener de todo, una botella de agua oxigenada y algodón.

—No, nada. Cuando pasé por debajo sentí un pequeño tirón, pero nada más.

Mi madre empezó a limpiarme la sangre. Después de un rato y de gastar varios algodones, me dijo:

—Pero si es un rasguño de nada. ¿De dónde ha salido tanta sangre? Ni siquiera está sangrando ahora. Te voy a poner una tirita y mañana tendremos que ir al médico para que te ponga la vacuna contra el tétano. Venga, vete a jugar.

—Voy al río que hay allí. He visto un pescado gigante y quiero saber qué es.

—¿De verdad? —dijo Paloma.

Se giró hacia nuestra madre mientras empezábamos a caminar hacia el río y gritó:

—¡Voy con Álvaro a ver el pez gigante!

—¡Yo también quiero ir! —gritó nuestra hermana Daniela.

—No. Tú eres muy pequeña. El pescado te puede comer —le contesté, intentando darle un poco de miedo.

No me apetecía estar cuidando de una niña de cuatro años.

—Tengan cuidado de que no sea un cuero. Si lo pisan, los va a atrapar y se van a ahogar —respondió nuestra madre.

Nos detuvimos en seco y nos giramos para mirarla.

Nuestra madre, profesora de matemáticas en el Colegio de Niñas de Valparaíso, no soltaba cosas así sin motivo. La observamos durante unos segundos y no tenía cara de estar bromeando.

—Los araucanos lo llamaban Trülke Wekufü.

—¿Un qué? ¿Y qué significa?

—Algo así como «cuero maligno» o «cuero del demonio». Dicen que en algunos ríos y lagunas vive una especie de cuero que está vivo. Si lo pisas, te atrapa. Por mucho que luches, no te suelta y acabas ahogándote. Después te come poco a poco. Como te envuelve y tiene un color parecido al fondo del río, nadie puede verte y no te pueden rescatar.

Paloma y yo nos quedamos helados mirándola. Daniela simplemente observaba. Nuestra madre, en cambio, nos contemplaba con expresión seria.

Pasaron unos segundos sin que nadie dijera nada.

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Nuestra madre se acercó y, mirándome, preguntó:

—Da miedo, ¿no?

—Sí. Mucho.

—Pues es el mismo miedo que tú has tratado de darle a tu hermana. Como acabas de comprobar, es muy desagradable. Que no se vuelva a repetir.

—¿Qué? ¿Entonces no es verdad lo del cuero? —preguntó Paloma.

—Quién sabe —respondió nuestra madre—. Es una leyenda araucana. Seguro que viene de mucho antes de que llegaran los españoles. Tengan cuidado y cuiden de Daniela.

—Eso no tiene gracia —le dije, enfadado.

—Ahora entiendes muy bien por qué no hay que hacerlo. Vayan a buscar peces gigantes.

Paloma cogió a Daniela de la mano y los tres nos fuimos caminando hacia el río a velocidad de cuatro años.

Al llegar no vimos nada especial en el agua.

—Pero si no hay más que plantas ahí abajo —dijo Paloma—. ¿No será uno de tus cuentos?

Le iba a responder cuando vi algo grande moviéndose por el fondo.

—¡Mira! Allí está.

—¿Dónde? —preguntó Paloma, acercándose más a la orilla, seguida de cerca por Daniela.

—Cerca de la otra orilla. Si te fijas, tiene un color gris. Solo puedo verlo cuando se mueve.

De pronto, algo gris y bastante grande se desplazó por el fondo.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Hay un cuero en el río! —gritó Paloma.

Salió corriendo en dirección a nuestros padres, anunciando a gritos que había un cuero.

—No lo veo —dijo Daniela.

Me agaché junto a ella y, señalando con el dedo, le expliqué:

—¿Ves esa piedra al otro lado del río? Justo debajo, en el fondo, hay una cosa gris. Pero solo se ve cuando se mueve.

—¿Ese es el pescado gigante?

—O un cuero —le respondí.

Daniela puso cara de miedo y recordé inmediatamente la advertencia de mi madre.

—No sabemos qué es. A ver si viene papá o mamá y nos dicen.

Justo entonces oí la voz de nuestro padre.

—A ver, ¿dónde está ese cuero?

—En la otra orilla, al fondo, más o menos a la altura de esa piedra —le respondí, tratando de sonar mucho más seguro de lo que me sentía.

Todos nos quedamos mirando en aquella dirección. Mi padre, que era un hombre alto, podía ver el fondo desde un ángulo mejor que nosotros.

—Es cierto que hay algo allí.

Paloma y yo dimos un paso atrás, alejándonos prudentemente de la orilla.

De pronto, aquello se movió.

—¡Allí! —gritamos casi a la vez Paloma y yo.

—Es verdad —dijo Daniela.

Mi padre continuó observándolo.

De pronto, el cuero cambió de rumbo y se acercó hacia el centro del río, donde pudimos verlo mejor.

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Mi padre sonrió.

—Eso es una raya torpedo. Es raro que esté por aquí. Habrá aprovechado la marea alta para buscar comida.

Aquello fue demasiada información para mí.

Había empezado imaginándome un submarino disparando un torpedo y había acabado con un torpedo con ojos, boca y hambre.

—¿Qué? ¿Un torpedo?

Mi padre me miró.

—No de los que estás pensando. Es un pez de la familia de las rayas. Son como esa: planas y con una cola. Pero estas tienen electricidad, como las anguilas. Hace tiempo supe de un hombre que, caminando por el agua cerca de la orilla del mar, pisó una. Recibió una descarga, cayó al agua y lo pasó bastante mal durante unos segundos.

Miró hacia nosotros.

—No se metan en el agua. Ya se irá cuando empiece a bajar la marea.

Dicho eso, volvió hacia el lugar donde mi madre estaba organizando la merienda, seguido por mis dos hermanas.

Yo me quedé un rato más observando la raya torpedo.

Me pareció un animal fascinante.

Pero había algo que no terminaba de encajar.

La raya era gris oscura.

El pez gigante que yo había visto al principio era marrón verdoso.

Y no era oscuro.

De pronto, una especie de tela enorme y marrón cayó sobre la raya torpedo.

Los dos animales se revolvieron por el fondo, levantando una nube de barro que lo cubrió todo.

Esperé.

Cuando el agua empezó finalmente a aclararse, no había nada.

La raya había desaparecido.

Miré durante un buen rato el fondo del río, intentando distinguir alguna forma entre el barro y las plantas.

No pude saber si aquello otro también se había marchado o si seguía allí, inmóvil, confundido con el fondo.

Esperando.

Yo estaba completamente seguro de una cosa.

Aquello era uno de esos cueros de los que hablaba la leyenda araucana.

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