Cielos del pasado.

«El planeta gira, el tiempo pasa y con él nuestras vidas. Pero hay vidas que por una razón que no logramos comprender, están conectadas a través del tiempo. Esta es una de ellas.»
Alejandro.

Primera parte – Muerte en el cielo.

Los nervios no me dejan pensar. Sé que tengo que recordar todo lo que el capitán me ha dicho, pero estoy rodeado de mis compañeros volando en dirección a mi primera misión, completamente bloqueado. Recuerdo los aspectos técnicos y para qué sirven todos los indicadores, interruptores y palancas. Sé como mantener al avión en su sitio, sé despegar, estoy bastante seguro de aterrizar y en teoría esquivar ataques y también creo recordar cómo atacar, pero estoy como en un sueño. Lo recuerdo casi todo pero en fragmentos disociados entre sí que sé que no me sirven para nada. Nuevamente trato de recordar la voz del capitán explicándome las tácticas, pero no lo logro. En ese momento la palanca de mando tiembla y me doy cuenta de que son mis manos las que tiemblan. Estoy muerto de miedo. No, mejor dicho estoy casi entrando en pánico.
De pronto me doy cuenta de que hace ya un rato que hay voces hablando y gritando por la radio pero en mi situación no me he percatado. Miro a mi alrededor para ver qué hacen mis compañeros, pero no veo a nadie más. Solo veo un precioso cielo azul con algunas nubes blancas que parecen de algodón. Miro hacia abajo y veo la alfombra verde separada en cuadrados de diferentes tamaños de la campiña inglesa. En esos momentos me doy cuenta de que obviamente algo ha pasado, pero no me he enterado. Decido buscar a mis compañeros y preparándome para maniobrar miro hacia adelante y me sorprendo al ver unas luces que vienen de izquierda a derecha justo delante de mí. Miro para ver de dónde vienen y veo un caza verde ya encima y acercándose a punto de estrellarse conmigo. Sin pensarlo subo el brazo para protegerme, pero después de unos segundos no ocurre nada. Miro a mi alrededor y veo más de esos aviones y al mismo tiempo recuerdo la voz del capitán diciendo que si no te mueves constantemente eres un blanco perfecto y decido hacer algo. No estoy seguro el qué, pero algo tengo que hacer. Mientras pienso en eso veo esas luces que nuevamente vienen desde la izquierda entrando por la parte delantera del motor y causando un humo negro que me rodea a la vez que oigo el rugido de un motor pasando justo por encima de mi. Trato de girar, pero puedo sentir que el avión ha perdido velocidad y me cuesta mucho controlarlo. Miro los indicadores y veo que no tengo presión de aceite y de repente todo se pone oscuro. Miro hacia afuera pero no veo más que humo negro, que de pronto se convierte en fuego y recuerdo que ese es el momento cuando debo abandonar el avión y saltar. El aparato empieza a tumbarse hacia un lado y caer. Sé que tengo pocos segundos, así que trato de abrir el cerrojo de la cabina a mi izquierda, pero los guantes me impiden hacerlo. Me los quito y tiro del cerrojo y este se mueve pero aunque parece estar abierto, la cabina no sube. Con las dos manos empujo hacia arriba para tratar de soltarla, pero el único resultado es un sonido como el de carne asándose en una plancha. Son mis manos. El terrible dolor me espabila y me doy cuenta que tengo que salir de allí como sea. Miro hacia arriba y veo entre el humo y fuego el hermoso cielo que pasaba a convertirse en alfombra verde para después convertirse en cielo nuevamente. Estoy cayendo y el avión da tumbos cada vez más rápido. Pienso en usar los guantes para empujar la cubierta de la cabina, pero no los encuentro. Miro hacia abajo entre mis piernas buscándolos, pero solo veo humo negro que está entrando por entre los agujeros de los pedales. Decido volver a empujar. Miro hacia arriba y veo cielo hermoso, alfombra verde, cielo hermoso, alfombra verde y empujo con todas mis fuerzas mientras mis manos se queman y hacen ese sonido silbante de la carne en el asador. Es imposible abrir la cabina y el humo que entra se convierte en fuego y sube por mis piernas y rápidamente me llega a la cara. Trato de protegerme con mis manos heridas, pero el fuego me devora la piel a mordiscos llenos de aceite y dolor. No puedo más y grito desesperado mientras miro hacia arriba donde puedo ver más alfombra verde que cielo hermoso.
El grito me despertó. Estaba sentado en mi cama, en mi habitación y volvía a tener ocho años. Había tenido una pesadilla. Respiré profundamente y me tumbé en la cama. Mi corazón todavía latía a toda velocidad. La casa estaba en silencio. Mis padres no habían oído el grito, aunque seguramente en la realidad no había gritado. ¿Será así como se muere la gente? Espero no morir quemándome, pensé. En ese momento me acordé que era martes y tenía que ir al colegio, así que mejor volver a dormir que siempre me costaba despertarme y mi padre acababa enfadándose.
El pánico que siento no me permite pensar y como estoy seguro que moriré, esto me causa aún más. A pesar de saber a ciencia cierta que es ese mismo pánico el que me matará, no puedo hacer nada. Me doy cuenta que hay órdenes y gritos por la radio. Mis compañeros no están. Avión verde que se estrella, me cubro la cara y no pasa nada. Trato de hacer algo y veo trazadoras entrando en el motor. Humo y fuego y empiezo a caer. Trato de salir y no puedo, me quemo, me quemo. Cielo hermoso, alfombra verde, cielo hermoso, alfombra verde.

Me volví a despertar asustado y sentado en la cama. Fue exactamente el mismo sueño que la noche anterior. Esperé un rato tumbado hasta que el corazón me latió más lentamente. ¡Que pesadilla mas horrible!
Necesitaba dormir. Llevaba dos noches sin descansar y necesitaba relajarme. Me distraje leyendo los lomos de los libros que había en las estanterías. Eran de mi padre y casi todos relacionados con su trabajo en la universidad excepto las baldas de más abajo donde estaban los libros de ciencia ficción. Ya los había leído todos, el primero a los cinco años , La estrella apagada, de un autor llamado E. E. Smith. Cosas que pasan cuando tu abuela, profesora de mucha experiencia, te enseña a leer a los cuatro años. Pero en ninguna de esas novelas leí nada parecido a esta pesadilla. En ellas no había aviones a hélice sino naves espaciales que cruzaban sistemas solares en segundos.

Voces y gritos por la radio. Mis compañeros no están y me doy cuenta que algo ha pasado y por el pánico ni siquiera sé que ha sido. Balas trazadoras cruzan el cielo. Un caza vuela tan cerca que parece que se va a estrellar contra mi avión pero no ocurre. Trato de reaccionar y hacer lo que debía hacer. Trazadoras que entran en mi motor y el avión empieza a caer ardiendo. Me arden las manos al tratar de abrir la cabina pero está atascada. El fuego del motor ardiendo entra el el habitáculo y me empieza a devorar poco a poco mientras el avión cae. Me quemo, me quemo. Cielo hermoso, alfombra verde, cielo hermoso, alfombra verde.
El grito de desesperación me volvió a despertar. Esta vez de lado y medio erguido en la cama. Me senté y esperé para calmarme, pero no estaba tan asustado como las noches anteriores. Pensé en el sueño y no entendía como se podía tener exactamente la misma pesadilla tres veces. Me levanté de la cama y me acerqué a la ventana. El contorno del cerro Esperanza se veía iluminado por las farolas. Las estrellas brillaban con fuerza encima de la bahía de Valparaíso. Mientras las observaba recordé una de las novelas de mi padre donde uno de los protagonistas muere y otro se pregunta qué habrá detrás de la muerte. En ese momento decidí que si vuelvo a tener el mismo sueño, no voy a despertarme mientras me quemo vivo. Quería ver qué ocurre cuando uno se muere. Porque seguro que el piloto del sueño iba a morir.
Las trazadoras iluminadas entran en el motor y oigo el rugido del avión verde que acaba de dispararme pasando justo por encima. El blanco perfecto. Humo negro que se convierte en llamas y a pesar de tener abierto el cerrojo a mi izquierda, la cubierta de la cabina no se abre. Empujo con todas mis fuerzas y la piel de mis manos se crispa y ennegrece pero la cubierta no cede. Sé que ahora va a entrar humo negro que se convierte en fuego. Fuego que se pega a mi cuerpo a mis manos y cara y me consumirá. Esto ocurre y desesperado trato de quitarme el fuego de la cara. Cielo hermoso, alfombra verde, cielo hermoso, alfombra verde…
… pero ya no soy él, ahora soy yo en un sueño lucido y he decidido no despertarme.
El fuego me rodea. Pongo mis brazos justo debajo de la barbilla y así las llamas pegajosas que suben no me llegan a la cara. Miro hacia arriba y entre el humo y fuego solo veo alfombra verde. “Que bien”, pienso. “Estoy llegando al suelo y me estrellaré. Por fin moriré.”. Un ruido ensordecedor y todo se mueve…
Me desperté pero sin miedo. “Si lo hubiera sabido, lo hago antes” pensé. No descubrí lo que hay al otro lado de la muerte, pero no me importaba. Había dejado de sufrir y aparte de eso era viernes y el viernes era un buen día.

Nunca más tuve ese sueño.

Segunda parte – El reino de los Pictos.

Después de un golpe de estado en Chile donde mi madre y mi padre estuvieron detenidos y torturados por la armada chilena, comenzamos una odisea que duró años. Primero la marcha junto a mis hermanas de casa en casa de familiares en Valparaíso y ya después el viaje a casa de mi abuela en Codegua. Más tarde cuando liberaron a mis padres nos fuimos todos a Rancagua. Allí mi padre se enteró de que volvía a existir órden de arresto y de ejecución contra él, así que una mañana se fue de casa para entrar en la clandestinidad. Esa misma mañana mi madre nos dijo que escogieramos solo una cosa de nuestras pertenencias ya que nos íbamos de allí. Yo tenía doce años, pero cogí mi osito de peluche, que conservaba desde pequeño, y salimos del pueblo casi con lo puesto. Después de varios días parando en casas de amigos logramos llegar donde la tía Flor, hermana de mi madre, que vivía en medio de la cordillera de los Andes en un pueblo construido por una empresa minera norteamericana. En ese lugar viví más de un año con un montón de aventuras como grandes nevadas, terremotos que mueven montañas y cóndores que te observaban con la misma mirada que yo a una copa de helado de chocolate. Pero tuvimos que salir de ese pueblo después que la DINA, policía secreta de Pinochet, apareciera en casa de mi tía preguntando por nosotros. No nos llevaron gracias a la valentía de Arturo, su marido. Poco tiempo después mi madre nos sacó de allí y fuimos directos a la estación de trenes para coger uno que cruzaba Los Andes dirección a Argentina, donde residimos casi tres años viviendo como inmigrantes ilegales. Para mi fue tan duro que aún me duele hablar de ello, pero al final de ese periodo mis dos hermanas habían vuelto a Chile que a pesar de todo era más seguro que Argentina y a mi madre y a mi, las Naciones Unidas nos dieron estatus de refugiados. Tras una larga espera y mucho papeleo por parte de mi madre, la ONU le dio a elegir entre ir a vivir a Dallas en Texas o a Gran Bretaña. Mi madre no lo dudó. No se iba a ir a vivir al país que pagó y organizó tanta muerte y dolor en Chile, por lo que nos fuimos a Inglaterra. Para que entendáis lo duro y difícil que fue Argentina para mi, os cuento que el momento en que las ruedas de ese Boeing de British Airways se separaron del suelo, ha sido uno de los momentos más felices de mi vida. Solamente superado por el nacimiento de mis dos hijos muchos años más tarde.

 

A pesar de tener una gotera justo encima durante todo el viaje, este fue maravilloso. Recuerdo cuando todavía faltaban muchas horas por llegar, el mirar por la ventanilla y entre un mar de nubes ver un volcán perfectamente cónico que superaba la capa de nubes. Miré en el mapa de la ruta de vuelo en la última página de la revista de la British y descubrí que era el Teide en las Islas Canarias, que pertenecían a España, país que conocería años más tarde. Al aterrizar en Londres, nos esperaban unos funcionarios de ACNUR. un hombre y una mujer de no más de treinta años. Los dos rubios, piel muy blanca, ojos azules y muy altos, pero algo en ellos que me impactó mucho más y fue una de las cosas de aquel momento que me dieron a entender sin dudas que mi vida había cambiado, su mirada. Cuando miraban a mi madre tenían una mirada con mucho cariño y respeto, sin miedo. Era un día de sol y recuerdo ya en el tren desde el aeropuerto al centro de Londres, mientras les observaba sin quitarles ojo de encima, el suspirar profundamente y agradecer esa mirada. En ese pequeño gran momento, cambio mi vida. Así sin más esas miradas me transportaron a un mundo seguro donde el futuro era algo real. Donde había miradas sin odio y donde podría vivir sin miedo.

Londres no me impactó. Era igual de caótico que Buenos Aires. Incluso la estación de tren a la que llegamos era casi igual a la de Buenos Aires. Tiempo después leí que realmente era al revés. La de Buenos Aires era casi una copia de Victoria Station. La pareja nos dejó en un pequeño hotel pagado por ACNUR y le dieron un sobre con dinero a mi madre para gastos de comida y transporte porque según ellos Londres era caro. Ya en la habitación mi madre sacó un poco de aquel dinero y me lo dió. “Por si te pierdes” me dijo. “Asegurate de aprenderte el nombre del hotel y de la calle.”. Yo que había aprendido a moverme solo por el Subte de la capital de Argentina, no tardé nada en comprender la lógica del Tube de Londres. Fue una semana maravillosa. Un día al girar una esquina cerca del hotel me encontré con el Big Ben, bueno con la torre del Big Ben. Me quedé helado con una sensación muy, muy fuerte de déja vu. Estuve un rato observando la torre del Parlamento Británico, pero no pude seguir por emociones que no tenían ningún sentido, así que me di la vuelta y volví al hotel. Una semana después de llegar a Londres mi madre y yo íbamos en un tren camino a Edimburgo y después a Falkirk en Escocia. Era finales de Octubre de 1977.

 

Llegamos a Falkirk a casa de unos amigos chilenos de mi madre. Estuvimos con ellos varias semanas incluyendo mi cumpleños. El primero en Europa. Me regalaron maquetas para montar con pegamento y pinturas de un barco tipo galeón Man-of-war, un Boeing 747 y un pequeño avión verde de la Segunda Guerra Mundial. Una de las cosas que recuerdo de esa época fue que un día mi madre me llevó al cine del pueblo a ver una película que ella creía que me gustaría por ser ávido lector de ciencia ficción. Acertó de lleno ya que fue la primera pelicula de Star Wars. El «Episodio IV – Una nueva esperanza», que como la gran mayoría de la gente me preguntaba qué habría pasado con los episodios uno, dos y tres. Mi madre nunca supo que empezó una tradición que incluso llegó a sus nietos décadas después y que saben más de Star Wars que yo.

 

Pero lo mejor de Falkirk fue ir al colegio después de cuatro años sin estudiar. El que me correspondía era el Camelon High School. Un colegio antiguo que en las puertas de entrada todavía tenía escrito “Boys” y encima de la otra “Girls”. Yo que en mi vida había visto semejante cosa, lo primero que pensé era o que tenían a los niños separados por sexo o eran antiguas y grandiosas entradas a baños que ya no existían. Por un buen tiempo opté por lo segundo, lo primero me pareció demasiado estúpido como para un país tan fantástico como ese. La visión de un niño que con el tiempo cambió para darme cuenta que el Reino Unido era como cualquier otro país. Era el único extranjero en todo el cole y todo el mundo me observaba, pero a excepción de mis compañeros de clase, nadie me hablaba. Hasta la vacaciones de verano lo único que hice fue estudiar Inglés con Miss Philip, una tutora que puso el colegio para mi de tez tan blanca que podía ver las venas bajo su piel y siempre tenía legañas. También fui a todas las clases de matemáticas y a todas las de arte. Dos idiomas universales.

 

Recuerdo que en Arte a mi profesora le impresionó cómo dibujaba, así que me apuntó para los exámenes nacionales de junio. Se me da bien dibujar, pero el pintar siempre se me ha dado mal. Me costaba muchísimo. Años después descubrí que era un poco daltónico y que esa era la razón de ver colores que para mi eran muy parecidos y que al resto del mundo les parecían muy diferentes. Hice lo que pude en ese examen.

 

Ese verano al no tener amigos, me pasé muchas horas mirando la televisión. Descubrí a Doctor Who, una serie que empezó en los años sesenta que todavía hoy tiene nuevos capítulos en la BBC y escuché por primera vez Mr. Blue Sky en la lista de las mejores canciones de Top Of The Pops. Canción que me enamoró y que no sólo mis hijos escuchan, sino que para algunas personas en diferentes partes del planeta cuando la oyen, se acuerdan de mi. Ese verano también tuve una sorpresa muy agradable. Estaba a punto de salir de casa con mi madre cuando al meter la mano en un bolsillo de la chaqueta toqué un montón de papeles arrugados. Los saqué y vi que era el dinero que me había dado mi madre en Londres meses antes por si me perdía. Me sorprendí al ver la cantidad ya que habían más de trescientos cincuenta libras. “Pues sí que era caro Londres pensé”. La gran mayoría del resto del dinero que nos dieron lo gastamos en comida en poco más de una semana. Le dí el dinero recién encontrado a mi madre que se llevó una alegría más grande que la mía, porque que llegar a un país solamente con lo puesto siempre es caro. Hay que comprar de todo.

 

Después del verano por primera vez en mi vida volví encantado al colegio, que era el mismo a pesar de haberme cambiado de barrio a uno llamado Bainsford. Seguí con Inglés, Matemáticas y Arte. En este último la profesora me contó que habían recibido una carta del departamento de educación escocés pidiendo que confirmaran que realmente había sido yo la misma persona que había entregado el examen de dibujo y pintura . Resulta que el dibujo había sacado una de las notas más altas de Escocia y la pintura una de las más bajas. A mi profesora de arte se le metió entre ceja a ceja que debía de aprender a pintar y por meses solamente hice eso. Como resultado logré hacer un autorretrato en acrílico que regalé a mi madre que lo tuvo durante muchos años hasta que murió y ahora cuelga de una pared de mi casa. Habían pasado ya meses desde que llegara a Escocia y con ya muchas tutorías de Inglés mi nivel había subido muchísimo y logré balbucear mis primeras frases con acento escocés, mis compañeros se enteraron de que era chileno pero que venía de Argentina, pero lo de Chile les daba igual. Argentina había ganado el mundial hacía pocos meses y Maradona era famoso entre mis compañeros que eran fanáticos del fútbol. Así que se inventaron la historia de que yo era sobrino de Maradona y que jugaba al fútbol casi tan bien como él. Los de primero empezaron a seguirme todos los recreos diciéndome cosas que no entendía y mis compañeros entre risas les gritaban que me dejaran en paz. Que era demasiado importante como para estar con ellos. Después de un tiempo mi nivel de Inglés subió lo suficiente como entender lo que me decían. Querían verme jugar con la pelota. ¡A mi! Que ni siquiera me gustaba el fútbol y era y sigo siendo, muy malo jugando. Todo acabó cuando se enteraron que tocaba fútbol en gimnasia. Una vez al mes el profesor hacía a los niños y niñas jugar al famoso deporte. Ese día después de cambiarnos y salir al campo de fútbol nos llevamos una sorpresa enorme. Casi todos los niños de primero, segundo y tercero rodeaban el campo. Cuando me vieron jugar no más de diez segundos, hubo un generico “Oooooh, vaya.” y se volvieron a sus respectivas clases enfadados al darse cuenta del engaño, decepcionados. Mis compañeros no hacían más que soltar carcajadas.

 

Al pasar las semanas llegó el invierno escocés y un día, volviendo a casa con algunos compañeros de clase con una tormenta de nieve que no nos permitía ver más allá de diez metros, apareció aparcado entre la nieve una camioneta de helados, con las luces encendidas y la música típica que suelen llevar. Todos nos compramos un cono 99. Llamado así porque valía noventeynueve peniques. Yo estaba encantado de poder caminar comiendo el helado y que este no se derritiera. Una de las cosas buenas de estar a cinco grados bajo cero, pero eso de comer helados en una tormenta de nieve fue algo que mi madre, que odiaba el frío, nunca logró comprender. A veces la camioneta de los helados no estaba, pero había una que vendía pescado con patatas fritas, pero yo siempre he hecho un esfuerzo para mantenerme alejado del pescado, así que siempre compraba haggis tradicionales de Escocia que estaban buenísimos. Años más tarde descubrí que los ingleses lo consideran una comida asquerosa ya que aparte de patata, cebolla y especias tiene muchas cosas que vienen de las tripas del cordero.

 

En ese colegio ocurrió otra cosa que acentuó la percepción del cambio de cultura en la que había incurrido mi vida. Aparte de descubrir que me encantaba la comida británica, incluyendo los postres que estaban buenísimos como el cake de chocolate con custard caliente encima, ocurrió otra cosa. Aún me quedaba un mes de clase y el tiempo había mejorado mucho y muchas chicas llevaban faldas. Una de ellas que tendría mi misma edad, unos catorce años, iba cruzando el patio cuando un chico algo mayor, se le acercó, le levanta un poco la falda y le dijo algo. En los sitios donde yo había vivido, en esa misma situación la niña hubiera escapado, o le hubiera reñido un poco, o le hubiera dicho que la dejara en paz. Pero esta escocesa delgada de tez blanca, con pecas y pelo rojo, se detuvo, se giró hacia el chaval y sin decir palabra le soltó un rotundo puñetazo en la cara. Él retrocedió unos pasos agarrándose la nariz, se puso a insultarla, se acercó y le soltó un golpe que le dió en el hombro cuando ella trató de esquivarlo. “Con eso ya te has pasado” le dijo ella y le soltó con todas sus fuerzas una patada entre las piernas. Él cayó como un saco de patatas al suelo agarrándose las joyas de la familia. Esto último lo vieron sus amigos que corrieron a ayudarle pero un grupo de unos cuatro fueron a por la pelirroja. Nunca llegaron a tocarla, como por arte de magia todas las niñas que había en el patio en ese momento fueron a por ellos gritando como auténticas guerreras pictas. No pararon de darles golpes ni siquiera cuando estaban en el suelo. Solo la llegada de unos profesores detuvo la situación. Yo, con la boca abierta, no hacia mas que observar a esa pelirroja delgada que por un momento lideró la defensa de la dignidad de las mujeres en ese patio de colegio. Fue mi primer flechazo. Tiempo después descubrí que se llamaba Sheila y seguramente es parte responsable de mi actual creencia que las mujeres deben trabajar unidas.

 

Sheila fue como llamé a una gatita que me regalaron algunos meses después, Justo antes de que a mi madre le dieran una beca para hacer un master en la Universidad de Nottingham, en Inglaterra. Viví en Escocia algo más de un año, pero el reino de los pictos me otorgó la fuerza que he utilizado para afrontar los grandes retos de mi vida. Me volvió a enseñar lo que era la felicidad.

Tercera parte – Hogar del Nottingham Forest.

Fuimos tres personas que viajamos a Nottingham desde Falkirk, ya que mi hermana pequeña había podido dejar Chile e irse a vivir con nosotros a Escocia. La trabajadora social de la universidad de mi madre, logró reservar un piso en un barrio de Nottingham llamado Baloon Woods. El piso estaba bien, pero la trabajadora social no hacía más que disculparse por no haber encontrado algo mejor. Con el tiempo supimos que Baloon Woods era el segundo peor barrio de toda la ciudad, solo superado por los pisos de Hyson Green, más cerca del centro. A mi me daba igual. Había conocido los peores barrios de Buenos Aires donde solo un estupido entraba sin navaja y Baloon Woods era casi tan tranquilo como el pueblo de mi abuela. Los vecinos, algunos de los cuales nunca habían salido de Nottingham y jamás habían oído hablar de Chile, nos miraban de lejos y rara vez nos hablaban. Pero la trabajadora social sí que estaba contenta con algo. Era que nuestro barrio estaba separado solamente por una línea férrea de uno de los mejores barrios de Nottingham, Wollaton y era allí donde después de explicar nuestra situación al director logró apuntarnos, a mi hermana y a mi, en la escuela pública Fernwood.

En esa época me dediqué a estudiar a tope. Entraba en el cole, daba las clases, en el recreo me metía en la biblioteca y estudiaba Inglés, volvía a clase, a la hora de comer me servía algo rápido y seguía estudiando Inglés en la biblioteca, daba la clase de la tarde y me iba a casa, donde estudiaba un poco más. Dejé de decir “Aye” y lo cambié por “Yes” cosa que fue mi último adiós a Escocia, esa maravillosa tierra del norte.
Una tarde, desempacando una caja que todavía estaba cerrada, encontré el avión verde para montar que me regalaron. Lo abrí y durante varias tardes estuve puliendo, pintando, pegando y volviendo a pulir y pintar. Acabe con un Spitfire MK-I de dos tonos de verde y barriga celeste, caza que fue una de las principales armas de defensa cuando Hitler trató de invadir Inglaterra. Un día que estaba algo aburrido cogí el pequeño caza y le quité las hélices y le puse un circulo de plástico transparente del mismo radio que las hélices para que pareciera que estaban girando. Las ruedas se las pegue en posición cerradas. Después de acabar, tumbado en la cama de mi habitación miraba el pequeño modelo de jugete y en un momento lo miré con la ventana de fondo y el morro hacia mi. El corazón me dio un vuelco y lo dejé caer del miedo que sin razón de pronto sentí. Después de unos segundos lo volví a coger y mirar, pero no ví nada especial. Solo un modelo de juguete de ese famoso caza británico.

Maqueta Spitfire

De ese colegio tengo recuerdos como el leer casi todos los libros de Jules Verne con un diccionario al lado. Cosa que impresionó a más de algún profesor. A finales de enero cayó una gran nevada y rápidamente en la pista de baloncesto se crearon dos barricadas de nieve a cada lado y todos los recreos eran una batalla campal de bolas de nieve para ver qué grupo podría capturar el terreno del otro. Nunca nadie ganó, pero la diversión fue de lo mejor de ese año. Cuando el tiempo ya había mejorado y no quedaba ya nada de los grandes montones de nieve, recuerdo que en el recreo de la mañana un chico llevó una gran radio que funcionaba con pilas y tenía unos altavoces potentisimos que llamaban Ghetto Blaster y puso una canción de un grupo de música llamado Pink Floyd y parte de la letra decía “We don’t need no education, We don’t need no thought control”. “No necesitamos educación, no necesitamos que nos controlen los pensamientos.”. Una canción de rebeldía que fue un éxito instantáneo en ese patio de colegio y escucharla, a partir de entonces, se convirtió en un acto subversivo porque los profesores la prohibieron y lo mejor es que tuvo una conexión directa con mis sueños. Como un año antes que saliera la canción tuve un sueño donde veía martillos marchando que después salieron en el video clip. Todavía me encanta Pink Floyd .

 

Un día de junio, cuando la mayoría de las clases habían terminado, pero el colegio seguía abierto, todos mis compañeros deambulaban con una gran sonrisa en la cara porque el Nottingham Forest tenía posibilidad de ganar la Copa de Europa por segunda vez consecutiva. Hacía uno de esos días de primavera perfectos. El sol calentaba y había una pequeña brisa agradable. Yo caminaba hacia el colegio para poder usar la biblioteca y aprovechar para ir al aula de arte a pintar algo. La calle estaba vacía y a mi izquierda había una fila de grandes árboles que separaban la línea del tren de unos chalets típicos de barrio de clase media inglés. Tan sólo se oía la brisa en los árboles y algún abejorro que pasaba de vez en cuando. De pronto escuché un zumbido que me hizo detenerme en seco. No estaba seguro si realmente había oído algo o no, así que me quedé quieto escuchando. Cuando ya pensaba que había sido mi imaginación o quizás algún abejorro lo volví a oír. Esta vez claramente. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y me quedé petrificado. Después de unos segundos miré para todas partes tratando de descubrir qué era lo que emitía ese sonido tan extraño y tan impactante, pero no había nada. Se volvió a repetir unos segundos más tarde y esta vez más alto y con un toque gutural. Sea lo que fuese que era que lo estaba emitiendo, se estaba acercando poco a poco y yo estaba seguro que provenía de los árboles. Me quedé de pie y en tensión esperando un buen rato sin quitar la mirada de esa dirección. Podía oír ese sonido gutural a lo lejos, acercándose. Un escalofrío me bajó por la espalda y me puso la piel de gallina, algo estaba a punto de ocurrir pero no sabía qué. Sentía una mezcla entre nervios, tensión, miedo y expectativa como cuando de niño vas a abrir un regalo de navidad. La explosión de sonido de un motor Merlin acelerando llenó mis oídos y todo el barrio. Retrocedí dos pasos al ver un Spitfire MK-II aparecer rugiendo justo por encima de los árboles y pasar a no más de quince metros por encima de mi. Con la cabeza alzada y la boca abierta con un grito que nunca logró salir pude ver todos los detalles de esa barriga azul claro, que un tiempo antes había estado pintando en un modelo de juguete. “¡Pero si es él!” grité solo en medio de la calle.

El avión con la elegancia típica de los Spitfire, giró hacia el oeste dirección Derby y empezó a coger altura. Lo estuve mirando hasta que desapareció entre una niebla que resultó ser mis lágrimas que caían incesantemente . No quería que ese momento acabara. Cuando me calmé me dí cuenta que el rugido de ese motor Merlin de Rolls-Royce ya lo había oído antes. Me fui a todo correr a la biblioteca del cole y me puse a leer todos los libros de la Batalla de Gran Bretaña. Contienda donde lucharon los Spitfire y no porque quisiera saber más de ellos, sino que quería saber contra quien habían luchado ya que recordé que había sido uno exactamente igual al que acababa de ver, el que había disparado esas balas trazadoras en el motor de ese avión que yo volaba en una pesadilla, siete años antes en la otra punta del mundo. Los Spitfire lucharon contra muchos tipos de aviones pero yo sabía que el “mío” era un caza, de los que hubo más de un tipo. Después de una horas mirando libros vi una foto de la cabina y no tuve dudas. Lo que yo volaba en sueños era un Messerschmitt BF 109 de la Luftwaffe en septiembre de 1940. Fecha que decidí por la cantidad de aviones británicos en el aire que vi en mi sueño y por la experiencia de ese joven piloto que murió quemado.
Messerschmitt Bf 109

Cuarta parte – Despedida del pasado

Cuatro años más tarde estaba estudiando Física A-Level, quería ser ingeniero aeronáutico y vivía por mi cuenta. Me había ido de casa a los dieciséis años y desde entonces me buscaba la vida para lograr estudiar y comprame motos. Vehículo que une en comunidad a las personas que lo disfrutan, pero también porque era adicto a la velocidad y como solía viajar regularmente a Birmingham donde un amigo, aprovechaba para abrir el acelerador y correr por carreteras pequeñas. La moto que tenía era una Honda CB 250N con un carenado especial de fibra de vidrio.

 

Este día lo recuerdo por dos cosas extraordinarias que ocurrieron. No creo en las casualidades, por lo cual para mi lo primero fue una manera donde la experiencia me resaltó que el tratar de ganar puede ser parte de la vida y muchas veces es más que lo que parece. Os cuento lo que me pasó en el viaje porque para mí es el principio de la cura final de un proceso que duró años.

 

Era verano y un sábado por la mañana con un sol maravilloso cogí la A453 pasando el aeropuerto y por caminos secundarias fuí dirección Ashby-de-la-Zouch y después Tamworth. Iba conduciendo tranquilo disfrutando del aire de campo y el sol cuando a mi izquierda vi un Porsche Carrera avanzando en paralelo por otra carretera. Yo sabía que más adelante ese camino se juntaba con el que yo transitaba y que el ceda lo tenía el conductor del Porsche, pero obviamente él también lo sabía porque oí cómo bajaba de marcha, el motor subía de revoluciones y el coche saltaba hacia adelante. Yo, que no necesitaba mucho para caer en la tentación, bajé tres marchas puse el motor a más de ocho mil revoluciones y salí disparado para ver si llegaba antes al cruce. Cuando lo alcancé iba a unas 70 millas por hora, que son poco más de 110Kmh. Como el Porsche tenía el ceda tuvo que parar y dejarme pasar. Yo estaba acostumbrado a este tipo de cosas, siempre echaba carreras con coches deportivos mas que nada porque tenía garantizado el ganar. Esos coches los conducían casi siempre personas mayores que yo, que se los compraban por el estatus social y nunca los habían conducido rápido fuera de una autopista. Dejaban la carrera asustados a la primera curva cerrada con la que nos encontrábamos. A pesar de que un buen deportivo puede coger una curva bastante más rápido que una moto, lo normal en situaciones como la del Porsche era que el coche se iba volviendo cada vez más pequeño en mi retrovisor hasta desaparecer. Pero aquella ocasión vi el coche volver a aparecer en los espejos, creciendo tras de mí y acompañado por el motor del coche resonando a altas revoluciones. Como ya tenía la adrenalina fluyendo, bajé dos cambios y puse la moto a más de nueve mil revoluciones manteniendome delante. Sabía que poco más adelante comenzaba una zona de curvas cerradas con cambios de rasante y nunca había visto a un conductor de coche cogerlas rápido. En nada llegamos a ellas y cogí la primera de derechas y en bajada a unas 60 millas por hora con la moto tumbada y la rodilla casi tocando el asfalto. Al final la carretera giraba a la izquierda y empezaba a subir, así que tumbé la moto hacia la izquierda y aceleré hasta llegar a la línea roja del cuenta revoluciones. Por un segundo miré el retrovisor y para mi sorpresa el Porsche estaba a pocos metros de mi. El ápex de la cuesta era una curva a la derecha que inmediatamente empezaba a bajar. Posicioné la moto a la izquierda del todo de mi carril y así pude empezar a coger la curva antes de llegar a ella. Quería empezar el cambio de rasante con la moto erguida ya que la rasante era pronunciada y sabía que la moto se levantaría. Al empezar a bajar, la rueda delantera estuvo en el aire por unos segundos para después caer mientras seguía acelerando. Kevin Schwantz hubiera estado orgulloso de mi. Aceleré un poco más tranquilo muy seguro que el conductor del Porsche se habría asustado, pero allí seguía en el retrovisor, pegado a mi. Obviamente conocía la carretera igual que yo. Al acabar la cuesta abajo empezaba una recta de unas cuantas millas y yo sabía que el coche tenía mucha más potencia, aceleración y velocidad punta que mi moto, pero de todas maneras bajé una marcha y empujé la moto a más de diez mil revoluciones superando las ochenta y cinco millas por hora. Algo menos de ciento cuarenta kilómetros por hora que era lo máximo que ese pequeño motor podía hacer. Oí el rugir del motor del Porsche y le vi desaparecer del retrovisor para adelantarme. Estaba ya superándome por la derecha cuando a pocos metros más delante había un coche de la policía con un control de velocidad. Menos mal que les pillamos por sorpresa. Los bobbies nos miraban con ojos grandes y boca abierta y solo levantaron la pistola del radar cuando estábamos delante de ellos pero ninguno de los dos dejamos de acelerar. Cuando les perdimos de vista, los dos y casi a la vez soltamos el acelerador pero no tocamos los frenos. No vaya a ser que nos vieran las luces de freno y al darse cuenta que frenabamos vinieran a por nosotros. Después de todo tenían un Austin Metro y sólo hubieran podido seguirnos si íbamos más despacio. Yo esperaba ver luces azules en el retrovisor en cualquier momento, pero no pasó nada. Unas millas más adelante en un cruce el Porsche giro a la izquierda y yo a la derecha. Tocamos el claxon como despedida y cada uno siguió su camino.

 

Llegué a Bermingham a casa de mi amigo poco tiempo después y los dos nos fuimos a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Él quería entrar en el Bullring Centre, pero a mi no me gustaban los centros comerciales así que decidimos dejar la moto y caminar por la ciudad mientras yo le contaba la carrera con el Porsche y la cara que pusieron los policías al vernos pasar haciendo que dos personas que hasta ese momento luchaban por ganar una carrera, se convirtieran en aliados. Al cabo de un rato nos encontramos con un sitio que parecía una antigua zona de naves industriales donde entraba y salía gente. Resultó que era un museo con una exhibición de cosas de la Segunda Guerra Mundial y la entrada era asequible. Entramos para fisgonear un rato y cuando ví un cartel que apuntaba a la exhibición de la Batalla de Gran Bretaña fui directo a ella atraído por una extraña fuerza. Al entrar en la gran sala solamente tenía ojos para el segundo avión a la izquierda. Un Messerschmitt BF 109 con el morro amarillo. Estuve delante de ese avión un buen rato mientras a lo lejos oía a mi amigo preguntarme si estaba bien. Cuando quise darme cuenta estábamos solos. Era la hora de comer y la gente se había ido de la sala. Aproveche la ocasión y me acerqué al avión. Toqué el morro donde se podía ver el cañón de 20mm. Fue como tocar algo de alto voltaje. El shock me tiró hacia atrás y no caí al suelo porque mi amigo me sujetó. Podía oírle mientras me preguntaba que qué me ocurría, pero yo no podía hablar. Caminé, temblando aún, alrededor del aparato para ver si estaba enchufado a algo y lo que había sentido era electricidad, pero no encontré conexión alguna. Le pedí a mi amigo que lo tocara y me pregunto si estaba loco. No quería que le ocurriera lo mismo. Le mostré que no estaba enchufado y se atrevió a tocarlo, sin que le pasara absolutamente nada. Yo lo volví a tocar y únicamente sentí un cosquilleo, nada parecido a lo de antes. Me fijé que había una escalerilla para subir a ver la cabina así que a pesar de todavía estar como en una nube, poco a poco mirando todos los detalles externos del avión, subí. Todo era exactamente igual que en mi sueño más de diez años antes. No sólo eso, sino que por unos segundos supe, sin lugar a dudas, para qué servía cada cosa inclusive como pilotarlo. Estuve a punto de sentarme y darle al interruptor de partida, pero mis recientes conocimientos de vuelo, se esfumaban a toda velocidad. Pocos segundos más tarde y ya pensando con algo de claridad me dí cuenta que no hubiera podido mover el avión al estar rodeado de exhibiciones de museo y si hubiera hecho algo, lo más probable es que hubiera acabado en el calabozo de la comisaría más cercana o en un hospital. Bajé de la escalerilla y minutos más tarde todo había pasado y ya no sabía para qué servía cada indicador ni cómo volar un avión. Simplemente estaba junto a una pieza de museo de una guerra que nunca había conocido. Nada más.

 

En la vida de las personas hay momentos en que se lucha por sobrevivir y otros en que se lucha porque apetece ganar, pero cuando miras las dos cosas de cerca y ves las similitudes, todo el concepto parce ridículo y te abre los ojos a las cosas importantes de la vida y cuando es por sobrevivir, a poder tener una visión global de las cosas. Después de esas dos experiencias estaba libre de esos recuerdos, de esa pesadilla y podía así elegir bien el camino a seguir hacia el futuro.

 

El Messerschmitt BF 109 es un avión icónico de la época, pero que representa el lado oscuro de esa terrible guerra. Avión que años antes la Luftwaffe había probado tristemente con éxito contra los republicanos en la guerra civil española. Todavía me emociono al ver volar aviones de esa época, pero no los caza alemanes, sino que por alguna extraña razón los que en ese sueño me asesinaron, el Spitfire MK-I y el Hawker Hurricane.

 

Poco tiempo después comprendí que ese sueño que tuve eran recuerdos de mi vida pasada. Más que nada porque era la única respuesta que logré encontrar para que a los ocho años conociera todo tipo de detalles de un avión que nunca había visto. De pequeño vivía en Chile y allí la Segunda Guerra Mundial es solo cosa de norteamericanos. Fue en esa biblioteca del colegio de Wollaton en Nottingham que aprendí que durante la Batalla de Gran Bretaña ese septiembre de 1940, la Luftwaffe a pesar de tener aviones no tenía pilotos con experiencia, así que también enviaba a luchar pilotos muy jóvenes que casi no sabían volar. Sospecho que yo fui unos de esos jóvenes que enviaron como carne de cañón a morir quemado en los cielos de Inglaterra. Cada vez que veo algún libro, imagen o película de la segunda guerra mundial donde salen aviones me acuerdo de ese joven alemán que fui. ¿Eligió él el entrar en la Luftwaffe o fue obligado? ¿De qué parte de Alemania venía? ¿Como era su familia? Solo tengo respuesta para la primera pregunta ya que estoy seguro que le obligaron. Él no quería estar allí.
Recientemente fui con mi familia a Berlín y a pesar de que es una ciudad que tiene conexiones directas con mi vida actual, a veces mientras doblaba una esquina con edificios que sobrevivieron a los bombardeos aliados, me sentía transmutado en ese joven, caminando de una forma familiar por ese lugar. Aún hoy me pregunto quien era y si aparte de mi hay alguien más que se acuerde de él. Yo nunca le olvidaré. Para mi no es un soldado desconocido, si no que es y será siempre una parte de mi.

Esta historia existe gracias a la revisión del texto por parte de Loreto Alonso-Alegre  y la excelente edición de Dolores Póliz.
Mi mas profundo agradecimiento.

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Alejandro.


Comentarios
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2 Comentarios

  1. Ximena

    Me has llevado por un viaje en el tiempo, sentí la angustia al caer y quemarme y la paz y alegría de un país acogedor… Enhorabuena!!!

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  2. Anónimo

    Good job, bro.

    Responder

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