QUEMAO

A finales de los años ochenta me pasó algo que, en aquel momento, no supe valorar como lo extraordinario que realmente fue. Ahora, con la perspectiva de los años, creo que fue una de esas cosas que solo podían pasar una vez.

Yo vivía en el norte de Madrid, cerca de la plaza de Cuzco, en un barrio cuyas calles llevaban nombres de países sudamericanos. Por entonces vivía en la calle Puerto Rico y trabajaba en el centro, cerca de Callao, en una empresa de informática.

Una mañana salí temprano, como todos los días, en una vieja Renault 4 F6 que me había prestado mi padre. Me preparaba para lo de siempre: la batalla diaria contra el tráfico de Madrid. Arranqué, di la vuelta a la manzana hacia Príncipe de Vergara y me detuve en el cruce donde normalmente tenía que esperar un hueco para incorporarme.

Pero aquel día no tuve que esperar.

Príncipe de Vergara estaba vacía.

Giré a la derecha hacia la plaza de la República Dominicana, pensando que simplemente había tenido suerte. Uno de esos raros huecos antes de que empezara la avalancha. Pero cuando llegué a la rotonda y entré en la calle Costa Rica en dirección a la Castellana, me di cuenta casi al instante de que algo no cuadraba.

No había coches. Ni autobuses. Ni taxis. Ni siquiera una bicicleta vieja.

La calle Costa Rica tenía tres carriles. Los tres estaban vacíos. Y los semáforos estaban en ámbar intermitente.

Estaba claro que algo estaba pasando.

Seguí conduciendo con cuidado hacia la Castellana, empezando a inquietarme de verdad. Ámbar tras ámbar, cruce tras cruce, Madrid estaba vacío.

No había coches delante ni detrás. Algún peatón a lo lejos, sí, pero tráfico, prácticamente ninguno. Y en esa parte de la ciudad, a esa hora del día, aquello era tan antinatural que mi cabeza empezó a buscar explicaciones.

¿Había pasado algo? ¿Me había perdido alguna noticia importante? ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

Entonces no había teléfonos móviles, y la radio de la furgoneta estaba estropeada, así que yo iba completamente aislado, sin forma de enterarme de nada.

quemao en madrid

¿Una invasión alienígena?

¿Apocalipsis zombie?

¿Un ataque nuclear, quizá?

Esto último me recordó algo que me había pasado unos años antes, cuando fui a casa de mi madre, en Nottingham, porque quería que le arreglara una cosa de la cocina. Llegué y ella no estaba, así que me puse a ello. En un momento dado, la biología llamó a la puerta y me fui al váter. Estaba allí, en mitad de lo mío, cuando de pronto empezaron a sonar por toda la ciudad las sirenas de ataque nuclear. No me lo podía creer.

¿De verdad voy a morir sentado en el váter?, pensé.

Pero no pasó nada. Solo estaban probando el sistema de alarma.

¿Podía ser que ahora, en Madrid, aquello fuera de verdad?

Que yo supiera, España no estaba precisamente entre los primeros puestos de la lista de objetivos nucleares de los rusos. Y a lo lejos vi a un hombre paseando al perro con toda la calma del mundo. Ni pánico. Ni urgencia. Ni la menor sensación de que el mundo estuviera a punto de acabarse.

No. Aquello era otra cosa.

Llegué al cruce con la Castellana, en Cuzco, y seguía sin haber nadie. Reduje al pasar por el ámbar intermitente, miré en todas direcciones… nada. Ni coches viniendo, ni coches cruzando, ni absolutamente nada. Salí a la Castellana en dirección sur y seguí conduciendo, primero con curiosidad y luego ya francamente desconcertado. Hasta donde alcanzaba la vista, todos los semáforos estaban en ámbar intermitente.

Bajé hasta la plaza de Lima, con el Bernabéu a mi izquierda. Solo yo en una de las avenidas más anchas de Madrid, con los semáforos parpadeando, una mañana luminosa y ni una pizca de tráfico.

Y entonces, poco a poco, la inquietud fue dejando paso a otra cosa completamente distinta.

A lo mejor no era una catástrofe. A lo mejor era algún festivo español rarísimo del que yo no me había enterado. A lo mejor medio país había decidido quedarse en la cama. Fuera lo que fuese, había una cosa que ya estaba clarísima:

tenía las calles para mí solo.

quemao en madrid

Mi cerebro de quemado del motor se engranó de golpe y me olvidé de ataques nucleares, invasiones alienígenas y apocalipsis zombi. Durante un segundo dejé de ver la Castellana. Era Nigel Mansell en la parrilla de salida de una carrera de Fórmula 1 en medio de una gran capital.

Así que hice lo que habría hecho cualquier veinteañero con más entusiasmo que juicio.

Lo aproveché.

La vieja furgoneta tenía una primera muy corta, con mucho tirón al salir, y aunque el motorcito no era ninguna maravilla una vez lanzado, salía con una alegría estupenda. La primera en aquel trasto era casi agrícola: todo par, todo ruido y toda intención. Vacía, salía disparada como si tuviera algo que demostrar. Así que la dejé hacer.

Los neumáticos chillaron, la caja protestó, el motor zumbó rabioso detrás del salpicadero y la pequeña Renault salió catapultada hacia el sur. Bajé por la Castellana a una velocidad que, en un día laborable normal, habría sido impensable, enlazando un ámbar intermitente tras otro, completamente solo en una de las arterias más transitadas de Madrid. Aquello era irreal. Era gloria bendita.

De pronto la Renault dejó de sentirse como una furgoneta vieja y apaleada y empezó a parecer la respuesta a una plegaria. Cada recta vacía, cada cruce absurdamente abierto, cada rotonda sin un alma era un regalo privado. Madrid, imposible, colapsado, frenético, se había convertido en un patio de recreo para mí solo.

Así que hundí el pie.

Pasé Colón lanzado y encaré Cibeles con esa mezcla de concentración y alegría salvaje que solo aparece cuando máquina, carretera y estado mental se alinean de golpe. El centro seguía desierto. No tranquilo: desierto. Como si todo el mundo hubiera desaparecido cinco minutos antes de que yo llegara.

Me abrí del todo hasta el carril izquierdo, preparé la trazada y apunté la furgoneta hacia el gran espacio abierto de Cibeles.

La fuente estaba allí delante, en medio de la rotonda: la diosa en su carro, los leones, la piedra, toda aquella escena famosa tendida bajo la luz de la mañana sin un solo vehículo alrededor. Detrás se alzaba el Palacio de Cibeles, enorme, casi irreal. En circunstancias normales toda aquella zona habría estado llena de tráfico, cláxones, autobuses, taxis, gente, caos.

Aquella mañana era mía.

Bajé una marcha.

El motor subió de vueltas de golpe.

Y entonces tiré del volante a la derecha.

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La Renault no giró: se comprometió. El peso se desplazó, el morro se metió, la trasera se soltó y de repente ya no estaba rodeando Cibeles con limpieza: iba cruzado. No fue un amago ni una pequeña insinuación. Fue una buena cruzada.

Durante un instante sentí que media rotonda la estaba haciendo de lado.

Los neumáticos chillaron. La furgoneta se inclinó, rascó y derrapó por la curva en un arco largo e improbable, con la fuente pasando por la ventanilla lateral y todo Madrid, al parecer, conteniendo la respiración. Recuerdo corregir con el volante, notar que la trasera todavía quería seguir viniéndose, aguantarla lo justo y recogerla en el último momento para enderezarla a la salida.

Era una verdadera pasada.

Por el rabillo del ojo vi a las primeras personas que había visto por allí. Dos guardias civiles estaban junto al Banco de España, mirándome pasar. Tenían cara de no terminar de creerse lo que acababan de ver. Juraría que uno movía la cabeza de lado a lado. Ninguno hizo el menor gesto de intentar pararme.

Así que seguí.

Tomé la calle de Alcalá fuerte y rápido, con el motor áspero y los neumáticos todavía quejándose, y me alineé para Gran Vía y Callao. Para entonces ya había dejado de buscar explicaciones. Estaba metido de lleno en uno de esos momentos que solo tienen sentido mientras están ocurriendo. Todavía recuerdo la sensación: incredulidad, libertad y ese punto de locura que aparece cuando el mundo, por un instante, deja de comportarse como debería.

Reduje al llegar a las callejuelas cerca de Callao y de la oficina. Aparqué sin el menor problema, que casi era tan increíble como el trayecto. Entré en el edificio, subí las escaleras y abrí con mis llaves. Fui hasta mi mesa y me dejé caer en la silla; no, me dejé desplomar, con una sonrisa enorme en la cara. Miré en la caja de disquetes, metí el de MS-DOS 2.1 en la disquetera y encendí el IBM PCjr. Cuando terminó de arrancar, cambié el disco por el de dBASE II y seguí programando la base de datos que me habían pedido terminar, olvidándome por completo del mundo exterior.

Durante horas no tuve ni idea de qué demonios había pasado. Solo más tarde todo cobró sentido.

Querido lector, ¿crees que eso pudo ocurrir de verdad? ¿Crees que es posible ir de Cuzco a Callao en poco más de cinco minutos?

En circunstancias normales, yo lo dudo mucho.

Pero el día era 14 de diciembre de 1988.

Agradecimientos

Este relato es para mi cuñado Álvaro, un auténtico quemado del motor que me enseñó a hacer trompos. Ese día lo habrías pasado pipa.

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Comentarios

4 Comentarios

  1. Julia

    Me ha gustado mucho, muy bien escrito y con mucha intriga. Estupendo el final.

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  2. Sango

    Muy bueno Alex!!!

    Casi hasta lo he visto en mi cabeza como una peli 📽️ 👏🏼👏🏼

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