Bosque Viejo

Bosque Viejo

 

Como bien dice su nombre, era un bosque viejo, aunque tenía poco más de cincuenta años. Eso sí, este bosque, bueno, bosquecillo realmente, tenía algo especial y era que había por lo menos unos cinco robles viejos de grandes troncos y de más de trescientos años que parecían acariciar el cielo con sus ramas más altas, también más de una docena de robles maduros de más de cien años. El resto que sumaban unos doscientos árboles, eran todos jóvenes de menos de cincuenta años y todos criados de bellotas de los más viejos. Aparte de los robles había un grupo de abedules blancos en el centro plantados en forma circular como protegiendo el área central donde sólo crecía hierba y flores silvestres. El resto de árboles parecían estar todos agrupados en familia. Estaba la familia de los nogales, de las hayas y cerca del arroyo la familia de los almendros y entre todos ellos zarzas, helechos y siempre cerca de los robles, los acebos. Aunque era un bosque artificial plantado por el hombre, estaba lleno de vida.

La niña, de unos ocho años, se detuvo antes de entrar. Aunque estaba atardeciendo, sus padres la habían dejado acercarse al bosque por el camino que venía de casa de la abuela y que entraba por el lado de los árboles más viejos. Era como una pared de árboles que le recordaban al Bosque de Fangorn de la película que después de mucho molestar a su padre, este le dejó ver con reticencias ya que no era para niños. Después de verla, Ana, que es como se llamaba la niña, dijo que no era para tanto. Aunque la verdad fue que durante semanas se había estado despertando asustada, al soñar con algunas de las escenas. Obviamente no dijo nada a nadie. No fuera a ser que la volvieran a tratar como a una niña pequeña.

El bosque estaba rodeado de una larga valla de madera que lo protegía del ganado y frente a ella había una pequeña puerta con un cartel que decía en letras grandes:

“Prohibida la entrada a humanos, perros y gatos.” y justo debajo otro cartel que decía en letras pequeñas:

“Si alguien tiene paciencia, por favor que enseñe a leer al gato. Que no hace más que colarse 😉 “.

Ana sonrió al imaginar a alguien tratando de enseñar a leer a un gato.

Abrió la pequeña puerta y cruzó el umbral y se detuvo para volver a observar los árboles. No encontró lo que buscaba así que sacó el folio de papel que llevaba en el bolsillo de los vaqueros y lo observó todavía cerrado. Su abuela se lo había dado después de merendar y nada más de leerlo corrió donde sus padres para decirles que debía ir al viejo bosque.

“Ni lo sueñes” le respondió su madre sin siquiera pensarlo.

“No se permite la entrada a humanos. Está protegido.” le dijo su padre mientras miraba el bosque por la ventana del salón.

“Mira papá” respondió Ana mientras le pasaba el papel que le había dado su abuela. Su padre lo leyó y le contestó “Ok. Entonces sí puedes ir.” mientras daba el papel a su madre que lo leyó y no dijo nada.

Ahora mientras observaba el papel cerrado, le pareció que era una especie de salvoconducto con poderes mágicos. Lo abrió y lo volvió a leer. Esto es lo que decía:

ENCONTRANDO TU PODER

  • Antes de que en el oeste el monte tape el sol, debes ir a Bosque Viejo.
  • Después de cruzar la pequeña verja, asegúrate de pedir permiso para entrar a la Gran Madre Roble. La verdadera dueña del bosque. (Si no la ves, usa la Fuerza para buscarla con tu mente. Te vendrá bien más adelante.)
  • Sigue el sendero y cada veinte pasos haz lo siguiente:
    • Detente y cierra los ojos y escucha los sonidos por más de treinta segundos .
    • Abre los ojos y en total silencio mira a ver si ves cualquier ser vivo que no sea vegetal.
    • Toca las plantas que estén cerca. No les hagas daño ni las asustes.
  • Usa la fuerza para encontrar al abuelo. Al ser de tu familia no debe ser difícil. Pero debes confiar.
  • Cuando lo encuentres, dile que el té está listo.

Firmado: Tom Bombadil

“Todo esto para decirle al abuelo que el té está listo. Qué raro.” pensó Ana que ya sabía quién era Tom Bombadil y que realmente no había firmado eso. Observó los robles un rato más pero no vió nada que le dijera cuál era la Gran Madre. Volvió a leer el texto y decidió usar lo que su abuelo llamaba “La Fuerza”. Nunca le había funcionado, hasta hace unas semanas cuando estaba en la playa llena de gente y no supo volver a donde estaban sus padres. Les buscó un buen rato pero sin suerte y ya casi asustada cerró los ojos y se concentró en ellos. Imaginando sus caras, sus risas, charlando, jugando, y de pronto sintió como si su cuerpo le tiraba en una dirección de forma muy sutil. Empezó a caminar en esa dirección y después de unos minutos vio a sus padres a lo lejos que ni se habían dado cuenta de que ella se había perdido. Así que ahora también cerró los ojos y se imaginó un Roble que era la mamá de todos los demás. Igual que en la playa sintió como si algo tiraba de su cuerpo sutilmente. Abrió los ojos y caminó en esa dirección siguiendo una pequeña senda que antes no había visto. Un poco más adelante al llegar a un cruce, volvió a concentrarse pero esta vez con los ojos abiertos. También funcionó y tomó el camino a la izquierda y más adelante la vio.

Era enorme. Su ramas parecían querer abrazar todo el bosque. Se acercó, tocó el tronco y repitió las palabras que su abuela usaba cuando entraba a cualquier bosque.

“Te pido permiso para entrar a tu hogar, caminar y estar, respetando a toda tu familia.” y de su propia cosecha añadió “Y prometo no asustar a ninguna planta.”. Sabía que eso era fácil ya que las plantas solo se asustan si las rompes, cortas o hay fuego y no pretendía hacer nada de eso.

Su abuelo también le contó que era mala idea acercarse con una motosierra. Sobre todo a los robles ya que tienen buena memoria. Le contó que un día entró un furtivo a cortar madera y el momento que encendió la motosierra el bosque pareció moverse. El hombre dejó la motosierra en el suelo extrañado y miró a su alrededor. De pronto vio un roble que parecía venir hacia él, del susto dio un paso atrás, tropezó y cayó encima de la máquina. Ana, que sabía lo peligrosas que eran las motosierras, se quedó helada. Como su abuelo no decía nada más, la curiosidad pudo con ella y le preguntó que le había pasado al furtivo. El abuelo se detuvo y le dijo:

“El grito fue terrible. Lo pude oír desde casa a pesar de estar escuchando a tope Rollover Beethoven de la ELO . Paré la música y salí al jardín justo para oír como la motosierra paraba poco a poco porque no podía seguir cortando. Sonaba como si estuviera moliendo algo…”

Ana se puso blanca. Su abuelo la miró y siguió con la historia.

“Corrí al bosque para ver qué había pasado. Cerca de la Gran Madre encontré al hombre en el suelo….”, El corazón de Ana latió más rápido. “… Estaba temblando. Me miró y me dijo. “

“Un árbol ha quitado la motosierra antes que cayera encima y la tiró al arroyo. Después cogió mi sombrero y desapareció.”

“Entonces es que era uno de los jóvenes, le contesté. Tienen sentido del humor. Si hubiera sido la Gran Madre ahora tus trocitos serían abono para el bosque. Se levantó asustado mirando para todas partes. Si quieres salir del bosque, mejor hazlo por la parte más joven. Le dije. Es más seguro para tí. Y salió a todo correr.”

Ana sabía que las historias de su abuelo siempre tenían parte inventada y parte real y que a veces era difícil distinguir la diferencia, pero estaban pensadas para enseñar algo y como no estaba muy segura de lo que era le preguntó:

“¿Qué pasó después?”

“Pues que ahora tengo una motosierra para cortar la leña.” Dijo guiñándole un ojo y tocándose el sombrero. “Aunque nunca la llevo al bosque. Nunca se sabe de qué humor está la Gran Madre.” Le dijo mirándola muy serio.

Ahora allí sola, Ana se giró y observó a Bosque Viejo y por si acaso añadió “¡No tengo ninguna motosierra!”.

La parte con los árboles más viejos era muy hermosa pero bastante tupida con helechos, arbustos, acebos y zarzas, así que no sabía por dónde empezar a buscar al abuelo. Después de un rato se dio cuenta que había una pequeña senda que se adentraba en la parte de los jóvenes, que eran casi tan altos como la Gran Madre, pero muchísimo más delgados. En ese momento recordó la segunda parte de las instrucciones, así que dio veinte pasos, cerró los ojos y escuchó.

Al principio no parecía haber mucha diferencia entre tener los ojos abiertos que cerrados, pero de pronto llegó un brisa y el bosque sonaba casi igual que las olas del mar en la playa. Ana sonrió y abrió los ojos. Miró a su alrededor y tocó un helecho que estaba a su lado. Estaba frío, era suave y daba la sensación que le gustaba que lo acariciaran. Casi como a un gatito pequeño. Ana retiró la mano casi esperando que el helecho encorvara la hoja pidiendo más, pero no pasó nada, excepto que una mariposa salió de entre el helecho, revoloteó a su lado y se fue dirección a la Gran Madre. “Vida que no es vegetal” pensó Ana.

Dio veinte pasos más y a su derecha a lo lejos podía ver el círculo de abedules. La corteza blanca hacía que destacaran entre el resto de árboles. Cerró los ojos y escuchó. De vez en cuando podía oír como golpes por todo el bosque, pero lo que más le impresionó fue cuando con una brisa los abedules se pusieron a cantar suavemente. Casi parecían personas y era una música hermosa que invitaba a bailar, así que con los ojos cerrados bailó al ritmo de la canción que parecía estar hecha por un lejano coro. Sabía que eran las hojas moviéndose, pero no comprendía cómo podían hacer el sonido con un ritmo y que parecieran voces. Paró la brisa y el canto se detuvo, así que abrió los ojos. Con el baile se había acercado a unos de los robles de mediana edad, así que lo abrazó como había visto a su abuela hacer tantas veces. Como todos los robles este tardó en darse cuenta de su presencia, pero cuando lo hizo, Ana sintió como que la saludaba. “Te siento” le dijo el roble en su mente. “Yo a ti también” le contestó en voz alta Ana, sabiendo que los árboles no sienten los sonidos igual que las personas, pero le apetecía. Estaba contenta.

Volvió al pequeño sendero y utilizó la Fuerza para encontrar al abuelo. Estaba hacia la derecha en dirección a los abedules. Entre los helechos parecía haber un camino en esa dirección , así que lo cogió. Después de veinte pasos se detuvo y cerró los ojos. Por un momento pudo sentir el sol en su piel con su calor tenue del atardecer. Respiró profundamente y se dio cuenta que sentía el olor de los helechos y de las flores silvestres que había en el prado del círculo de abedules que parecían llamarla con su coro silvestre. Ana abrió los ojos y justo a su lado vio un pequeño acebo. Acarició sus hojas y las puntas le rasparon la piel sin hacerle daño. Lo observó durante un rato y decidió que algún día descubriría porque a los acebos le gustan tanto los robles.

Dio otros veinte pasos y se detuvo bajo un joven roble. Frente a ella estaba el prado circular rodeado de abedules blancos. Cerró los ojos y escuchó. El coro de abedules estaba callado y podía oír abejas en el prado. A lo lejos volvió a oír algo que golpeaba el suelo. Estaba a punto de abrirlos cuando oyó encima de ella algo que golpeaba las hojas del roble y de pronto le dieron un golpe en el hombro. El susto le hizo dar un pequeño grito e inmediatamente abrió los ojos buscando al culpable. En el suelo había una bellota y mientras la miraba cayó otra cerca haciendo el mismo ruido. Miró hacia arriba y le grito al roble: “¿Por qué me asustas? ¡Yo no he traído ninguna motosierra!” En esos momentos volvió la brisa, los abedules cantaron y entre el coro pudo oír una pequeña risa. Ana podía aceptar que los abedules cantaran, pero que también se rieran era ya demasiado raro, así que buscó el origen de esa risa, pero no vió nada aparte de un abejorro que pasó a toda velocidad dirección al prado.

Se acercó al prado circular un poco enfadada con el bosque que se había reído de ella, pero al acercarse se le quitó el enfado. La hierba le llegaba a la cintura y estaba llena de flores de diferentes colores y decenas de abejas, abejorros y mariposas. La Fuerza le decía que su abuelo estaba al otro lado, así que se adentró caminando con las manos extendidas tocando la punta de las espigas y flores y cuando pensó que el momento no podía ser más perfecto se levantó una brisa y pudo escuchar el coro de abedules que la rodeaban. No pudo resistirse y empezó a girar al ritmo de la música, moviéndose por el prado. Cuando el ritmo bajaba, corría y saltaba con las manos extendidas, asustando a más de una abeja que enfadada zumbaba a su alrededor diciéndole que era una maleducada. “¡Lo siento!” les gritaba mientras seguía saltando y corriendo como tratando de llegar a todo el prado. Al ritmo de la brisa los abedules cantaban y de vez en cuando muy bajito decían “Anaaa”, “Anaaa”.

Ana se detuvo. Sabía que alguien la llamaba, pero no sonaba como el abuelo y no eran los árboles de blanca corteza. Estaba de pie cerca de uno de los abedules de la orilla del prado y detrás de este oyó cómo algo se movía. Miró detrás de la franja de abedules y vio algo que parecía arbusto pero en la parte de arriba tenía un ojo con el que la miraba. “Ana” dijo y se empezó a levantar. Parecía un ser hecho de ramas y helechos con solo un ojo en la cabeza. El corazón de Ana latía cada vez más rápido cuando se dió cuenta que era un ojáncano y nada bueno se podía esperar de uno de esos. Estaba apunto de gritar aterrorizada cuando se dió cuenta que el ojo llevaba gafas estilo Harry Potter y al moverse una hoja de helecho pudo ver que el ser tenía dos ojos. “¡Abuelo!” grito Ana.

“Sssssh” Le contestó su abuelo. “Ven aquí y no hagas tanto ruido.”

Al acercarse vio que el abuelo estaba encima de una especie de plataforma de medio metro de altura cubierto con una vieja sábana verde llena de ramitas y helechos que usaba de manto que le cubría entero. “Es que pensaba que eras un ojáncano y me asusté.”.

“Y tú parecías una verdadera anjana bailando como en la Casa de la Pradera y conversando con el bosque. Tengo unas fotos buenísimas.”.

“¿Qué es La Casa de la Pradera?”

“Mejor pregúntale a tu abuela. Ella se la vio enterita.”

Ana se fijó que bajo el manto el abuelo también tenía su vieja cámara montada en un trípode que a la vez hacía de pilar para una especie de tienda camuflada.

“Tengo una foto muy buena de tu cara cuando el roble te tiró una bellota. Jajaja.”

Ana dejó pasar el comentario ya que a ella no le hacía tanta gracia y viendo todo el montaje le preguntó. “¿A quien esperabas pillar con la cámara? “.

“He visto ya varias veces a esta hora una familia de zorros por el bosque. Esperaba poder hacerles unas fotos ya que creo que es una madre con dos zorros jóvenes.” Le contestó. “Pero creo que con todo el ruido se habrán escondido y estarán esperando a que nos vayamos.”.

Ana recordó el folio que llevaba en su bolsillo y le dijo. “Tom Bombadil dice que es la hora del té.”. El abuelo la miró y le dijo mientras le besaba en la frente.

“Lo has hecho muy bien Ana. Has llegado justo a mi lado. ¿Si te concentras puedes saber dónde está la abuela?”.

Ana cerró los ojos. Sintió ese pequeño tirón y apuntó hacia la derecha del prado. “Está en esa dirección con mamá, papá y Andrés.”.

El abuelo la miró a los ojos y sonriendo le dijo “Estoy muy orgulloso de tí. Pero no hemos acabado aquí. La próxima lección será reconocer cosas fuera de lugar”.

Al otro lado del prado la madre zorro vio como Ana ladraba a un arbusto y que este le ladraba de vuelta y de pronto dejó caer sus hojas y se convirtió en el viejo hombre que algunos días les observaba. Después cogieron unos palos brillantes y se fueron caminando hacia la Gran Madre. Los observó hasta perderles de vista y entonces le dijo a sus hijos que podían salir a jugar en el prado.

“Abuelo. ¿Por qué Tom Bombadil?” Preguntó Ana mientras se acercaban a la pequeña verja.

“Es mi alter ego” Le respondió el abuelo.

Ana estaba a punto de preguntarle qué era eso cuando cruzaron la verja, vio los carteles y se le ocurrió otra pregunta.

“¿Tu crees que un gato puede aprender a leer?”.

“No palabras escritas.” Le respondió su abuelo sonriendo. “Pero símbolos seguramente sí. Los gatos pueden ser muy inteligentes. ¿Alguna vez te he contado la historia de Sheila?”.

 

 

Dedicado a una niña que todavía no ha nacido.

Desde el futuro Ana envía este mensaje a los y las lectoras de su historia:

¡Hola!

Me llamo Ana y he heredado el cuidado de Bosque Viejo. La Gran Madre me ha dicho que está cansada y le pesan mucho las ramas y que debo aprovechar sus últimas bellotas para hacer bombas de robles que dan una mejor oportunidad a los bebés para crecer. Así que ya me he puesto a ello, pero como tú estás en el pasado, si haces algunas bombas y el pequeño roble sobrevive, yo lo conoceré ya como un joven adolescente. Así que os dejo aquí la receta de como hacer bombas de robles:

 

  • En octubre id al roble más cercano y recoger sus bellotas. Pero no todas valen. Cuando las cojáis darle un pequeño apretón con los dedos y si sentis que cede, mejor la dejáis. La bellota debe ser sólida al tacto.
  • Después en casa haced la bomba. Se necesitan 5 partes de compost y 2 o 3 partes de arcilla. Poco a poco lo mezcláis con agua hasta tener una pasta moldeable que no se rompa.
  • Coged un puñado y rodear una bellota con más o menos un centímetro de pasta de bomba y hacer una bolita. repetir el proceso con el resto de las bellotas. Si os sobran, mejor devolverlas cerca de donde las cojistéis.
  • Dejad las bombas de roble secar al sol.
  • Cuando estén secas las guardáis en la nevera hasta finales de otoño o hasta el invierno.
  • Entonces las podéis tirar en sitios que queráis que crezcan robles. La bolita protege a la bellota de animales e insectos y cuando se acerca la primavera y el bebé se despierta, este rompe la bolita que a la vez sirve de nutriente para el principio de su vida. La mayor parte de los robles muere en estado de bellota, así que de esta manera dáis una muy buena oportunidad de sobrevivir al pequeñín.
  • Por último es importante tirar las bombas de robles cerca de su mamá y nunca en sitios que se utilizan para sembrar o en explotaciones de eucaliptos o pinos. Que cuando corten la cosecha de madera, matarán a los pequeños robles. Tampoco la tiréis muy lejos de donde nació.

¡Muchas gracias! Las futuras generaciones de niños, niñas y robles os lo agradecemos.

Y a ver si cuando abracéis un árbol lográis que os hable. Que sepáis que no es nada fácil.

Un lento abrazo,

Ana.

 

PD: ¿Si una bellota cae en un bosque pero no hay nadie ni nada que la oiga, hace ruido?
Esta pregunta la estuve discutiendo con el abuelo durante días. Tanto que la abuela prohibió hablar de ello durante las comidas.
Al final resultó ser una meditación Zen donde lo importante es pensar en la pregunta y no encontrar una respuesta, así que lo hemos hecho bien. Pero yo digo que sí hace ruido y el abuelo dice que no…..

Agradezco las primeras lecturas a Loreto Alonso-Alegre y la edición y revisión del texto de Dolores Póliz y Alberto Ahumada.

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¡Gracias!

Alejandro.


Comentarios
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1 Comentario

  1. Loreto

    Me encanta este cuento.
    Ojalá en un futuro próximo los niños y niñas vuelvan a tener esa conexión y respeto que la humanidad tuvo hace mucho tiempo con la madre tierra.
    Un relato tierno con toques de humor.
    Gracias por escribirlo.

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